4 jun 2011

La vergüenza: buen cine español


La vergüenza (David Planell) es una de las agradables sorpresas que nos han deparado últimamente algunos jóvenes (y no tan jóvenes) directores españoles y que rompen una lanza a favor del llamado cine español en una época en que denostar el esfuerzo de muchos trabajadores de la industria de este país (y no siempre por motivos puramente artísticos) se ha convertido en poco menos que un deporte nacional. Ahí están otras recientes obras notables, como Tres días con la familia (Mar Coll) o Bon Apetit (David Pinillos).

La película, a través del tema del acogimiento familiar, ofrece un incómodo y complejo acercamiento a la paternidad, el paso de la juventud a la madurez, las relaciones de pareja y las mentiras que hemos construido para salir a flote y evitar encarar los problemas.

Para ello, utiliza la historia de una pareja de treintaytantos que tiene  problemas y dudas sobre el cuidado de un menor peruano acogido. Esta situación hará tambalear sus propias convicciones progresistas y biempensantes y les obligará a enfrentarse consigo mismos.

La película tiene, paradójicamente, un gran problema: su extraordinario primer acto. El guión funciona con una perfección sorprendente durante los primeros cuarenta minutos en los que la historia y los personajes fluyen en estado de gracia, y uno se llega a preguntar si está viendo una versión contemporánea y madrileña de Escenas de un matrimonio o de una película de Mike Leigh (en estas comparaciones quizás exagero un poco) y por qué esta obra no ha tenido un aplauso y una repercusión mayor.

Sin embargo, a partir de ahí, la obra no logra mantener el nivel (no es una crítica, en mi opinión era casi imposible) y se dispersa bastante. Así, se introduce en ese momento una trama nueva que, para mi gusto, resulta innecesaria, y la historia principal comienza a avanzar a trompicones abrazando lugares comunes en las relaciones de pareja.

Por último, la resolución resulta un tanto artificial y se percibe cierto atisbo moralizador. Además, se cierran metáforas forzadas bastante obvias (el agua) y se desperdician otras más naturales (¿por qué al final no hacen el trabajo de clase ni se retoma este asunto?).

Para ser justos, no es que la película desfallezca en la segunda parte. Ni mucho menos. Mantiene el tipo muy dignamente durante todo el metraje. Lo único que sucede es que el portentoso inicio empequeñece el resto del relato y deja una sensación agridulce. Se pasa de un maravilloso y perfecto tren de alta velocidad a un cómodo y digno media distancia y eso condiciona la percepción del viaje.  En todo caso, 40 minutos de talento dramático de ese nivel no se ven todos los días y justifican plenamente un aplauso decidido a la película.

En resumen, recomiendo sin dudarlo La vergüenza. Esperemos que David Planell firme otra película pronto.

Ah, se me olvidaba: monumental trabajo de Alberto San Juan.

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