En aquellas lamentables sesiones de tarde de discoteca de provincias
había siempre un momento aterrador y extemporáneo: los lentos. Sobre las nueve de las
noche, las luces se apagaban y los desgraciados adolescentes recibían una
lección acelerada sobre su destino sentimental. De los que bailaban, no puedo
contar demasiado. De los otros, los perdedores, los torpes, podría escribir una
tesis, pero lo resumiré: los que todavía tenían dinero para una cerveza más se
acercaban a la barra, y los demás adoptaban contra la columna más cercana la
inevitable postura de chico duro y solitario porque se suponía que era lo que había que hacer, lo que gustaba a las chicas (y nunca hemos
sabido si estábamos en lo cierto, aunque bien es verdad que poco ha importado).
Así, desde la barra o la columna, nos burlábamos de las
tremendas baladas y de los bailarines despertando a la vida mientras espiábamos
en secreto a la compañera de clase que nos gustaba y que nunca nos miró.
Tampoco es que la dijéramos nada, pero bueno. El tiempo se encargaría de borrar
cualquier nostalgia. Hoy, aquella compañera que bailaba los lentos está
divorciada, tiene una hija y odia al Partido Socialista. Y nosotros estamos
como estamos.
Cuento estas chorradas porque sorprendentemente son el recuerdo
más vivo que tengo de Whitney Houston, sonando a todo trapo en aquel cuarto de hora
infernal. Y es que, en realidad, nunca la prestamos excesiva atención. No
nos gustaba su música, nunca nos compramos un disco suyo y, si de repente aparecía
en la radio, poníamos la cinta de Extremoduro o Blind Guardian. Ni siquiera nos interesó sexualmente, aunque en este
terreno siempre ha habido gente para todo. Nos parecía simplemente una mujer guapa y
elegante que cantaba muy bien. Y, al fin al cabo, siempre lo fue, porque la
época de enseñar la pata y de movimientos inhumanos llegó después, mientras
ella desaparecía y, según nos contaron, se deslizaba hacia el abismo. Peripecia
que tampoco seguimos demasiado. Para nosotros, sólo fue la voz que nos
acompañaba en la barra o en la columna y eso forma parte de nuestra penosa e
intrascendente educación sentimental. Y tiene el valor que tiene.
Desconozco si sigue habiendo lentos en las lamentables sesiones
de tarde para desgraciados adolescentes. Lo que sí recuerdo es que no los
bailamos. Y hoy aquella mujer que cantaba los sábados a las nueve en una
discoteca de provincias ha muerto y nosotros estamos ya un poco más viejos y
cansados.
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