12 feb 2012

Los lentos que no bailamos

En aquellas lamentables sesiones de tarde de discoteca de provincias había siempre un momento aterrador y extemporáneo: los lentos. Sobre las nueve de las noche, las luces se apagaban y los desgraciados adolescentes recibían una lección acelerada sobre su destino sentimental. De los que bailaban, no puedo contar demasiado. De los otros, los perdedores, los torpes, podría escribir una tesis, pero lo resumiré: los que todavía tenían dinero para una cerveza más se acercaban a la barra, y los demás adoptaban contra la columna más cercana la inevitable postura de chico duro y solitario porque se suponía que era lo que había que hacer, lo que gustaba a las chicas (y nunca hemos sabido si estábamos en lo cierto, aunque bien es verdad que poco ha importado).

Así, desde la barra o la columna, nos burlábamos de las tremendas baladas y de los bailarines despertando a la vida mientras espiábamos en secreto a la compañera de clase que nos gustaba y que nunca nos miró. Tampoco es que la dijéramos nada, pero bueno. El tiempo se encargaría de borrar cualquier nostalgia. Hoy, aquella compañera que bailaba los lentos está divorciada, tiene una hija y odia al Partido Socialista. Y nosotros estamos como estamos.

Cuento estas chorradas porque sorprendentemente son el recuerdo más vivo que tengo de Whitney Houston, sonando a todo trapo en aquel cuarto de hora infernal. Y es que, en realidad, nunca la prestamos excesiva atención. No nos gustaba su música, nunca nos compramos un disco suyo y, si de repente aparecía en la radio, poníamos la cinta de ExtremoduroBlind Guardian. Ni siquiera nos interesó sexualmente, aunque en este terreno siempre ha habido gente para todo. Nos parecía simplemente una mujer guapa y elegante que cantaba muy bien. Y, al fin al cabo, siempre lo fue, porque la época de enseñar la pata y de movimientos inhumanos llegó después, mientras ella desaparecía y, según nos contaron, se deslizaba hacia el abismo. Peripecia que tampoco seguimos demasiado. Para nosotros, sólo fue la voz que nos acompañaba en la barra o en la columna y eso forma parte de nuestra penosa e intrascendente educación sentimental. Y tiene el valor que tiene.

Desconozco si sigue habiendo lentos en las lamentables sesiones de tarde para desgraciados adolescentes. Lo que sí recuerdo es que no los bailamos. Y hoy aquella mujer que cantaba los sábados a las nueve en una discoteca de provincias ha muerto y nosotros estamos ya un poco más viejos y cansados.

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