14 mar 2012

Sobre Los idus de marzo

El mundo de los asesores o responsables de prensa políticos fue reflejado históricamente en el cine de manera tangencial, como parte secundaria de tramas políticas o periodísticas. Y casi siempre de forma sombría, con personajes desagradables y sin escrúpulos que ponían trabas o amenazaban a sus adversarios. No sería hasta la década de los noventa cuando Aaron Sorkin creó el referente del género, la serie de televisión El ala oeste de la Casa Blanca, en la que a pesar de quizás un excesivo idealismo, se abordaba este microcosmos de manera ejemplar.

Al contrario que en la serie protagonizada por Martin Sheen, George Clooney nos ofrece en Los Idus de marzo (adaptación de la novela Farragut North) una visión antagónica de la política y de la gente que la rodea empapada de hipocresía, mentiras y cinismo. Para ello, utiliza unas primarias clave del Partido Demócrata con dilemas, traiciones y zancadillas entre los distintos actores que componen este apasionante mundo.

Quizás aquí se encuentre el principal pero de una por lo demás notable película. La trama, aunque posible, se antoja un tanto exagerada, y se percibe en todo el metraje cierto aire discursivo sobre una supuesta turbia esencia de la política. Es evidente que en la cosa pública hay mezquindad, ambición y, sobre todo, sed de poder, pero sería exigible a Clooney huir o por lo menos atenuar este tipo de planteamientos maniqueos, que por cierto coinciden con los adquiridos, con razón o no, en los últimos tiempos por gran parte de los ciudadanos.

Por lo demás, el director norteamericano ha escogido una narración austera, sin artificios ni alardes, muy al estilo de los thrillers de los setenta, y se ha rodeado de un espectacular elenco de actores. Además de su propio papel como candidato a la nominación, Paul Giamatti, Philip Seymour Hoffman y Marisa Tomei acompañan ejemplarmente el descenso a los infiernos de la política de un Ryan Gosling correcto.

En conclusión, habría que apuntar que, con Los idus de marzo, George Clooney sigue construyendo una carrera meritoria como actor y director en el mundo del cine, aunque quizás de su talento, de la historia y del reparto se podría haber esperado una obra mayor o por lo menos más sutil. De los thrillers de segunda (en mi opinión éste no lo es pero hay quien podría llegar a esta conclusión) y de críticas de brocha gorda a la política ya vamos bastante servidos. 

22 feb 2012

Los Goya: previsible y aceptable aburrimiento


Qué tristes y eternas debían de resultar las galas de los Goya antes de Twitter. Por suerte, ahora tenemos esta arma cargada de instantaneidad para proyectar y vomitar nuestras frustraciones y demonios en compañía de nuestros iguales anónimos. Es evidente que hemos avanzado como especie.

Bueno, al tema. Esto de los Goya me recuerda cada vez más a las cenas de navidad. Rajas de ellas, te parecen un engorro y acabas yendo por compromiso. Pero al final, de tanto rebajar las expectativas, hasta pasas un rato aceptable. Previsible y aburrido, sí, pero llevadero.

En este sentido, la ceremonia de este año ha cumplido las nulas expectativas, lo cual es de agradecer y para conformarse. Bien es cierto que a algunos nos hubiera gustado un poco más de marcha, del tipo de cuando premiaron La soledad. No sé, haber otorgado algunos galardones importantes a La mitad de Óscar o a Dispongo de barcos. Por exaltar al gallinero, más que nada. Pero bueno, nuestro querido cine español ha asumido las críticas de sus detractores y se ha dedicado en los últimos años a realizar productos “de género” (comedias adolescentes, terror comercial, dibujos animados,…) y a premiar thrillers correctos con éxito en taquilla. Y en realidad no tengo nada que objetar: hay que llenar las salas y rentabilizar en lo posible las inversiones. Además, ya cansaba un poco al personal el adanismo de muchos jóvenes compatriotas reinventando el cine en cada escena.  

Así que todo fue según lo previsto: los premios para Urbizu y Coronado, la humillación a Almodóvar, unos galardones técnicos para una peli de robots que nadie ha visto y para un western que hemos visto pocos, la poca gracia de la presentadora, la gracia de Segura, el espontáneo y los anonymous, chicas guapas, chicos guapos, chicas guapas y chicos guapos haciendo el ridículo en números musicales, un poco de politiqueo…  Todo previsible y aburrido, en dosis justas, sin alardes ni estridencias. Para qué más.

Por hablar un poco de cine, habría que apuntar que cualquiera de las tres principales películas nominadas (La voz dormida no la he visto) podía haberse llevado el premio sin ningún problema. Para ser sincero, creo que La piel que habito es la más completa y Blackthorn me resulta muy meritoria. Pero No habrá paz… también está bien. En todo caso, es curioso que Urbizu y Coronado hayan triunfado con la que, en mi opinión, no es su mejor película. La caja 507 y, sobre todo, La vida mancha, me parecen superiores. Por otro lado, he echado de menos No tengas miedo y La mitad de Óscar, las dos películas españolas que, junto a la del manchego, más me gustaron el año pasado. Pero bueno, qué se le va a hacer. Por lo menos no se ha hecho el ridículo ninguneando a una obra indiscutible como se hizo hace un par de años con El secreto de sus ojos.

Luego está el misterio de Midnight in Paris. Todavía nadie me ha explicado por qué estaba nominada al guión y no aparecía en ninguna otra candidatura. Creo que los propios académicos tienen un lío considerable sobre lo que se considera película española, no saben qué votar y nos llevan a situaciones tan entrañables como que Urbizu le gane el premio a Woody Allen. Genial.

En definitiva, nos podemos dar con un canto en los dientes con los últimos Goya, más que nada porque el domingo son los Oscar, que este año dan especial pereza y parece que van a premiar a una comedia dramática muda en blanco y negro bastante convencional. Aunque la verdad es que viendo las nominadas, con las excepciones de la gran El árbol de la vida, Midnight in Paris y quizá Los descendientes, puede ser una elección correcta. Otra noche aceptable y previsiblemente aburrida. Como las cenas de navidad y los fines de semana en el pueblo. Menos mal que nos queda Twitter.

Por cierto, vayan a ver Shame y pasen de todo esto.

12 feb 2012

Los lentos que no bailamos

En aquellas lamentables sesiones de tarde de discoteca de provincias había siempre un momento aterrador y extemporáneo: los lentos. Sobre las nueve de las noche, las luces se apagaban y los desgraciados adolescentes recibían una lección acelerada sobre su destino sentimental. De los que bailaban, no puedo contar demasiado. De los otros, los perdedores, los torpes, podría escribir una tesis, pero lo resumiré: los que todavía tenían dinero para una cerveza más se acercaban a la barra, y los demás adoptaban contra la columna más cercana la inevitable postura de chico duro y solitario porque se suponía que era lo que había que hacer, lo que gustaba a las chicas (y nunca hemos sabido si estábamos en lo cierto, aunque bien es verdad que poco ha importado).

Así, desde la barra o la columna, nos burlábamos de las tremendas baladas y de los bailarines despertando a la vida mientras espiábamos en secreto a la compañera de clase que nos gustaba y que nunca nos miró. Tampoco es que la dijéramos nada, pero bueno. El tiempo se encargaría de borrar cualquier nostalgia. Hoy, aquella compañera que bailaba los lentos está divorciada, tiene una hija y odia al Partido Socialista. Y nosotros estamos como estamos.

Cuento estas chorradas porque sorprendentemente son el recuerdo más vivo que tengo de Whitney Houston, sonando a todo trapo en aquel cuarto de hora infernal. Y es que, en realidad, nunca la prestamos excesiva atención. No nos gustaba su música, nunca nos compramos un disco suyo y, si de repente aparecía en la radio, poníamos la cinta de Extremoduro o Blind Guardian. Ni siquiera nos interesó sexualmente, aunque en este terreno siempre ha habido gente para todo. Nos parecía simplemente una mujer guapa y elegante que cantaba muy bien. Y, al fin al cabo, siempre lo fue, porque la época de enseñar la pata y de movimientos inhumanos llegó después, mientras ella desaparecía y, según nos contaron, se deslizaba hacia el abismo. Peripecia que tampoco seguimos demasiado. Para nosotros, sólo fue la voz que nos acompañaba en la barra o en la columna y eso forma parte de nuestra penosa e intrascendente educación sentimental. Y tiene el valor que tiene.

Desconozco si sigue habiendo lentos en las lamentables sesiones de tarde para desgraciados adolescentes. Lo que sí recuerdo es que no los bailamos. Y hoy aquella mujer que cantaba los sábados a las nueve en una discoteca de provincias ha muerto y nosotros estamos ya un poco más viejos y cansados.

22 dic 2011

Sobre The artist


Pensándolo un poco, es sorprendente que en esta época de nostalgia impostada nadie hasta ahora hubiera echado el órdago de vender un homenaje a Griffith y Von Stroheim. Quizás nuestra melancolía se queda en alarde mirando al tendido y, sobre todo, a los actuales treintañeros que compran cualquier cosa que recupera “el espíritu de los ochenta”. Spielberg, que tiene talento para el cine pero mucho más para el dinero, lo vio claro y produjo este año una mezcla de Los Goonies y ET para adolescentes y adultos con esa mentalidad.

En todo caso, el mérito de Michel Hazanavicius (además de su novia) y de su productor al haber creado una película muda en blanco y negro de los años 20 y haber triunfado en todo el mundo en pleno siglo XXI es incuestionable. El destino más probable del suicida ejercicio de estilo y de la valentía extemporánea del financiador era el ridículo o, en el mejor de los casos, la indiferencia. A  priori, tirar esos millones de euros por la alcantarilla era más rentable que producir la obra. Por ello, la aventura y su feliz desenlace sólo merece un aplauso y sitúa a la película entre los acontecimientos del año.

Pero más allá de la osadía, The artist destaca, ante todo, por su habilidad. El cine mudo tiene unas reglas limitadas y conocidas que el director copia y homenajea sin rubor. Los recursos visuales, los gags, el papel de la música como auténtica coprotagonista del film, todo en esta película está estudiado al detalle y sin tomar ningún riesgo. A ello se le une una historia sencilla, archiconocida (es el argumento, por ejemplo, de El crepúsculo de los dioses), con un mensaje convencional, universal y emocionante, apto para cualquier público en cualquier época. No se veía una historia de amor tan conservadora desde…, bueno, el cine indie norteamericano de los últimos años nos ha dado grandes ejemplos, pero se me entiende. Por último, se le añaden dos actores entusiastas que consiguen comerse la pantalla y un montaje y una música trabajada hasta la extenuación.

Así, y es muy comprensible, la originalidad y atrevimiento se quedan en la idea. Lógicamente, director y productor habrán pensado que con hacer una película muda en blanco y negro el cupo de lo revolucionario estaba ya cubierto (y lo está) y, a partir de ahí, todo iba a estar medido por la seguridad y la certidumbre. Amarrategui blues en los felices años 20 con envoltorio de genialidad transgresora.

Y bien que hacen. La película, tan clásica y convencional, funciona como un reloj de casino de provincias y hace pasar un rato muy agradable en el cine a cualquiera, lo cual sería un milagro para la mayoría de estrenos semanales. 

21 dic 2011

Mis películas de 2011


Aunque lo realmente revolucionario sería no hacer ninguna lista sobre el año que termina, me aburro bastante y he decidido elegir las diez películas que más me han gustado en 2011. El criterio de selección que he utilizado es el de las obras estrenadas en España desde el 1 de enero (bueno, sí, faltan unos días para acabar el año y he visto que se van a estrenar El Topo o Drive, pero bueno, ojalá tuviera que modificar esta entrada).

Advierto de que todavía no he podido ver La piel que habito, de Almodóvar, o El niño de la bicicleta, de los Dardenne, ambas muy aplaudidas por la crítica. Qué se le va a hacer.  

El árbol de la vida (Terrence Malick)
Película del año, película eterna. Terrence Malick decidió hacer lamejorpelidelahistoria y, más allá de la pretenciosidad, de un mensaje filosófico de garrafón y de un final discutible, le salió una maravilla. Sobre el origen, la fe. Sobre la vida. Inolvidable.  

Another year (Mike Leigh)
En mi opinión, si no hubiera irrumpido Malick, la película del año. Aterradora “comedia dramática” sobre el paso del tiempo y la llegada de la vejez. Sobre esa época en la que uno se da cuenta de que ya no puede esperar nada. Obra maestra de Mike Leigh.  

Animal kingdom (David Michod)
El thriller más potente de 2011. Desde Australia nos llegó a principio de año esta obra oscurísima, original y violenta. Un gran debut de David Michod.

Cisne negro (Darren Arronofsky)
Arronofsky dio una lección de ritmo, intensidad y dirección en un ejercicio de estilo magistral. Material didáctico imprescindible en escuelas de cine.

Midnight in Paris (Woody Allen)
Vomitona de romanticismo encantador y divertido por las calles de París. Quizás algo facilona y simple, pero maravillosa.

Copia certificada (Abbas Kiarostami)
Kiarostami se vistió de Rossellini y nos regaló un paseo por Italia de Juliette Binoche y una reflexión sobre las relaciones de pareja y el paso del tiempo. No hace falta decir nada más.

El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt)
La sorpresa del año. Llegó en verano de tapadillo, ocultada por la pretenciosa, vacía y prefabricada Super 8. Una película de aventuras notable. Una precuela dignísima del clásico.

The artist (Michael Hazanavicius)
Ejercicio de estilo suicida que ha triunfado en todo el mundo. Sólo por ello merece estar en la lista. Más allá de esto (que no es poco), es una obra notable, sencilla y agradable.

Melancholia (Lars Von Trier)
Algo irregular, pero de una fuerza avasalladora. Además, sólo con haberle puesto a un planeta Melancolía y abocarlo a ese fatal pero inevitable destino, ya tiene un sitio en este repaso del año.

La mitad de Óscar (Manuel Martín Cuenca)
La cuota española. Martín Cuenca ha hecho la película más triste y desesperada de 2011, respirando además cine por los cuatro costados.


Bueno, no ha sido el mejor año de la historia en cuanto a cantidad, pero un puñado de estos títulos son ya inolvidables. Se han quedado a punto de entrar en esta humilde e innecesaria lista la magnífica pero tramposa Incendies, la interesante Nader y Simim: una separación o el thriller de ciencia ficción indie del año Monsters. En el caso español (y a falta de ver la de Almodóvar), sólo ha sido aspirante la muy estimable No tengas miedo de Montxo Armendáriz.  

15 dic 2011

Corresponsal de guerra en Ginebra


La voz de Pedro Barthe acabó con los años sonando a parqué, aunque eso sucedió mucho después de que nos sobresaltara la merienda una tarde de primavera de 1991. Es probable que en aquella época no conociéramos con exactitud el significado del término “dantesco” pero no tuvimos problema en advertir la extrema gravedad de la situación.


Se jugaba la final de la Recopa de Europa de baloncesto en la apacible ciudad suiza de Ginebra. El CAI Zaragoza y el Paok de Salonica luchaban por el primer título europeo para las dos formaciones. Los aficionados griegos, que en aquel tiempo se tomaban las cosas bastante a pecho, tomaron la tranquila localidad helvética para asegurar el trofeo y otorgaron los maños la condición de refugiados.

El partido comenzó así, tras una eternidad de retraso, condicionado por el extraordinario ambiente intimidatorio fabricado por los aficionados rivales. Sin embargo, el CAI se olvidó de no querer jugar, se sobrepuso y logró controlar el encuentro. Los jugadores del PAOK, liderados por Prelevic, parecían atenazados por la tranquilidad de los maños y la brutal presión de su propia afición. Parecía que todo iba bien y la Virgen del Pilar se empezaba a poner guapa para recibir a la copa.

Tal era la situación que los griegos, conscientes del peligroso cariz que tomaba el partido, optaron por el viejo recurso de romper la baraja. En el pabellón, como era de esperar, comenzó a llover. Mecheros y monedas, sobre todo.  Tras unos segundos de duda, los árbitros suspendieron el encuentro y mandaron a los jugadores a los vestuarios. A los españoles, porque los del Paok se quedaron en la pista. El caos reinó.

Nosotros aún no sabíamos nada de la vida ni de que los Balcanes estaban ya aquella tarde de 1991 a punto de hervir. Éramos niños y hermosos y Ginebra se había convertido en el escenario de nuestra primera batalla por televisión. Los Arcega eran nuestros soldados y Pedro Barthe nuestro valiente corresponsal de guerra.

Y, en ese momento, con el partido parado, el carismático capitán griego Fasoulas, micrófono en mano en mitad de la pista, tranquilizó a sus aficionados y nos anunció el fin de la inocencia. Desde entonces, todo fue a peor. Cuando se reanudó el partido, a la pista ya no salió el CAI sino un pelotón de prisioneros derrotados. Los griegos dieron la vuelta al marcador mientras sus rivales sólo pensaban en la evacuación. Al final, el PAOK levantó su título europeo y los maños huyeron como pudieron de la inhóspita Ginebra.

Puede que la memoria magnifique y embellezca estos hechos, que los maños reescribieran la historia a su gusto y se reservaran el papel de nobles ultrajados, de beautiful losers. De hecho, y por suerte, no hubo que lamentar heridos y las cosas acabaron transcurriendo con cierta normalidad. Es posible también que el camino hacia la estación no fuera el desembarco en Normandía y que la violencia griega se quedara en simple intimidación que dio sus frutos. Que Barthe exagerara. En definitiva, podría llegarse a la conclusión de que fue una encerrona de libro. Que nos cagamos más de la cuenta. Pero si no podemos vestir a nuestro antojo las derrotas, entonces sí que ya no nos quedará nada.  



12 dic 2011

Sísifo en el Mont Ventoux

Lo peor que le pudo pasar a Eros Poli aquella tarde de verano de 1994 fue la indiferencia. Nadie recuerda con claridad los motivos por los que un gigantón de dos metros de altura probó suerte en una fuga en solitario en una etapa con el Mont Ventoux a pocos kilómetros de la llegada en Carpentras. Era absurdo e improbable, por lo que el pelotón se tomó la etapa con tranquilidad y lo olvidó por completo, condenándole a un sufrimiento no reservado para él.

Así, el corredor de italiano comenzó la subida al coloso con más de 20 minutos de ventaja sobre un soporífero pelotón donde dominaba un tal Indurain, que ya llevaba ocho minutos en la general a Virenque y al resto de mediocres. En aquellos tiempos, el navarro ganaba los tours en la primera contrarreloj y ponía los puntos sobre las íes en el primer test de montaña para regocijo de los españoles y hartazgo de los aficionados al ciclismo. Años de aburrimiento y exaltación patriótica.

Poli no se creía lo que estaba pasando. Enfrentarse solo a la montaña pelada eterna, una piedra demasiado pesada para él, una empresa abocada al fracaso y al ridículo. No tuvo más remedio que tirar hacia delante, con cara de circunstancias y sufrimiento. Cada kilómetro, cada metro, todavía entre la vegetación, era una carga insoportable y humillante. Perdía un minuto por kilómetro, una vida en cada metro, a la velocidad que iba despareciendo el oxígeno en el puerto.

Por detrás, nadie se acordaba de él. La diferencia con cabeza de carrera se reducía sin querer  y las cosas sucedían como solían suceder. Pantani pasaba una página en la historia de las generaciones del ciclismo al dejar tirado a Luc Leblanc e Indurain ponía su marcheta. Por no aburrirse, más que nada.

Con estos escarceos, la cámara hizo un favor al italiano olvidándolo algunos kilómetros, pero pronto se rindió al espectáculo. En el paisaje lunar, con viento de cara, un gigante que tenía problemas para mantenerse sobre la bicicleta se entregaba a un esfuerzo inútil, absurdo, una penitencia atroz para un lanzador de sprinters. Un hombre solo al comando, gritaban emocionados los veteranos reporteros radiofónicos y los románticos. Los más jóvenes y posmodernos lo obervaban con incredulidad y cierto cachondeo. Retorciéndose en la bicicleta, Poli pedaleaba de cuneta a cuneta hacia la nada. Era aterrador. Y bello.

Al fin, llegó arriba, con apenas un minuto sobre el elefantito del Carrera. Al coronar, tuvo tiempo para pararse un instante para abrocharse el maillot y respirar. No sabemos si, en aquel instante, encontró la calma y cierta felicidad, como Camus imaginó a Sísifo. Pero todos comprendimos que aquel hombre seguiría subiendo para siempre la montaña pelada.

Poli acabó ganando aquella etapa dramática, improbable, absurda. Como la existencia. La gente volvió a concederle la indiferencia y lo olvidó como suele olvidar las intrascendencias y los polvos de una noche. 

19 nov 2011

Elogio al opositor de provincias

Se alegra cuando la radio cita su fría ciudad castellana en el pronóstico del tiempo. Se enfunda su bata, prepara el café, piensa un poco en ella y se recluye en el rincón de la habitación donde vive desde hace ya un año. Anoche fue duro, piensa. Le cuesta el derecho administrativo, teme los casos prácticos. Pero el repaso al alba lo tranquiliza. Cuando amanezca del todo, bajará al bar a desayunar y hojear el periódico de la provincia, propiedad de un conocido constructor. Es un momento que adora. Después, ya no tendrá un instante de calma, hundido entre temarios y apuntes, hasta que cante a su padre algunos textos justo antes de la cena. Así es su vida ahora. En general, se siente bien.

El sábado es su día libre. Antes de ir al cine, paseará, seguro pero al acecho, por la calle mayor junto a su novia, también opositora. Saludará a los conocidos con ese movimiento de cabeza, educado y distante, que sólo se da en provincias. Se confundirá en ese entrañable plano secuencia de Garci al que recuerda la ciudad cada fin de semana. A la vuelta de la esquina les espera la seguridad y una hipoteca compasiva. Y los hijos, a quienes educarán con cariño y severidad y sin riesgos. Ciertas familias no tienen bebés, sino aspirantes a los cuerpos superiores de la administración.

No echa de menos las supuestas aventuras que corren ahora los antiguos compañeros de clase. Se sabe sensato, haciendo lo correcto. Realmente, según recuerda que leyó en algún sitio, no hay sitios maravillosos a donde ir una vez que sales de la universidad. Como dice el padre del protagonista de Nueve cartas a Berta, a veces hay que ser prácticos. Pero tampoco le cuesta demasiado esta renuncia. Nuestro héroe no ha tenido nunca ensoñaciones románticas peligrosas ni sobrevalorados viajes a Londres. Él sólo se ha perdido en los grandes almacenes y en el aparcamiento del fútbol. Ah, y en aquella despedida de soltero, pero ha corrido un saludable tupido velo sobre el asunto.

Lee a Pérez-Reverte o alguna novela histórica cuando tiene algo de tiempo. Escucha a Revólver y a Los secretos, aunque se ha enganchado últimamente a Franz Ferdinand (también disfruta en secreto de la canción melódica italiana). Vota conservador, pero no tiene problemas en cambiar de opción ante un periodo prolongado de los suyos en el poder. Le encanta Cuéntame. Se baja películas de internet de forma moderada y con atisbo de culpabilidad. Es feliz.

Sabe que su destino cercano le deparará otra vida, otras calles, puestos de responsabilidad en grandes ciudades, tentaciones con secretarias. Pero también es consciente de que un día no lejano regresará a provincias, con su alto nivel consolidado y el bolsillo saciado de futuro. Allí despertarán a la vida sus vástagos. La adolescencia es siempre menos lamentable en ciudades pequeñas. 

También sabe que, contra todo pronóstico, recordará con cariño este tiempo. Es un sacrificio medido y asumible. Bata, café caliente, derecho administrativo y calle mayor llenan su vida de opositor de provincias. Es un auténtico revolucionario de nuestro tiempo.

16 nov 2011

De series sobre política

Ya que estamos en semana electoral, he esquivado un rato de aburrimiento redactando esta innecesaria lista de buenas series de televisión sobre política. Hay a quien le gustan.

The west wing
El referente del género. Inteligente, profunda, divertida y didáctica. Los guiones de Aaron Sorkin deberían enseñarse en las universidades y en los cursos de comunicación política. Algunos apuntan que la serie tiene un defecto: su excesivo idealismo. La posmodernidad ha conseguido que este término adquiera en estos días una connotación negativa.

Dejo un discurso de referencias bíblicas:


Y una lección de primero de campañas:




Yes, minister y Yes, prime minister
Joya de la BBC de principios de los ochenta. Comedia centrada en la vigilancia, control y boicot que realizan los altos funcionarios del Estado sobre las ideas y decisiones de los representantes democráticos (gente bien informada me cuenta que esto a veces es más común de lo que parece). Los brutales y divertidos comentarios del funcionario Humphrey Appelby sobre la administración y sus tácticas dilatorias y envolventes son una lección acelerada de cinismo y política. Para partirse la caja.





The wire
La tercera temporada de esta aclamada serie se centra en la política. La serie nos regala un realista y certero retrato de la política municipal y sus actores principales, con sus motivaciones, dificultades y miserias. Magnífica.


The thick of it
Sátira brutal de la BBC sobre el funcionamiento diario de un Ministerio y sobre el sometimiento de la política a los estrategas de la comunicación. Divertida y actual, aunque demasiado caricaturesca. Inolvidable el personaje de Malcolm Tucker, jefe de prensa del primer ministro, inspirado en el todopoderoso dircom de Tony Blair, Alastair Campbell. La serie dio lugar a la película In the loop.

En este vídeo, Tucker interrumpe una entrevista del ministro de Asuntos Sociales:
                                


State of play
Está serie de la BBC es más bien un thriller sobre periodismo y política, pero es uno de los productos más conseguidos de los últimos años. Quizás la visión del periodismo es demasiado idealista y el desenlace pasado de vueltas e innecesario, pero esto no afecta al buen nivel del conjunto de la obra. Se hizo una película de la serie en Estados Unidos con el mismo título.


House of cards
Notable y oscuro drama de la BBC realizado a principios de los noventa sobre intrigas políticas en el partido conservador tras el periodo de Margaret Thatcher. La trama política inicial está muy conseguida, si bien la serie evoluciona hacia una especie de thriller poco creíble. En todo caso, muy recomendable. El director norteamericano David Fincher está preparando un remake.

12 nov 2011

De senderismo, gin-tonic y otras gilipolleces

En los últimos tiempos he comenzado a sentir una honda preocupación por la mayoría de mis amigos. Asumo que la treintena es una época compleja, en la que ya tienes la edad de tu padre cuando te concibió, en la que dudas de si levantarte los sábados a las nueve o acostarte a esa hora, en la que te planteas qué has estado haciendo la década anterior y comienzas a pensar en la posibilidad de la reproducción y la madurez. Y donde el desencanto se ha puesto hace tiempo a tirar del pelotón y puede que tu escapada termine. Ello conlleva inevitablemente cambios que conducen a cosas absurdas, como comprarse repentinamente un coche o un robot-aspirador (qué gozada) o dejarse o afeitarse la barba. Asumible. Hace unos años se llevaban las hipotecas en yenes (alguna ventaja nos tenía que dejar la crisis).

Todos nos aferramos a este tipo de escapadas absurdas, pero últimamente mis amigos están perdiendo absolutamente el norte y han abrazado sin pudor actividades extravagantes. La más extraña es la súbita adicción al senderismo. Ni que decir tiene que ninguno de ellos ha practicado este pasatiempo diabólico en sus treinta y tantos años de vida ni que tampoco disfruten de ello. Pasan frío, hambre, aburrimiento y muchos de ellos, los más torpes, sufren terriblemente al cruzar un riachuelo o al tener que “poner las manos”. Pero no importa. Incluso alardean de la “vida sana” y el “aire puro” y adoptan una inquietante actitud de superioridad.

Se me escapan las razones de su comportamiento. Quizá es una forma de huir del alcohol, de llevar una vida sana, de “hacer otras cosas”. Quizá sólo envejecen. Otra posibilidad es la presencia de mujeres, ya que es una actividad deportiva en la que no les importa participar. Quizá aspiran a que nuestras conocidas les vean sanos y deportistas, en su esencia animal, en contacto con la naturaleza. Rebuscado y enfermo. Si yo fuera mujer, exigiría que me invitaran a cenar y que se metieran sus bastones y sus botas de trekking (o como se diga) por donde les quepa.

Conste que no tengo nada en contra de esta forma de pasar el rato. Siempre hubo gente para todo, De hecho, tengo otro amigo que al que siempre le gustó el monte más que a un tonto un lápiz y, cuando podía, evitaba emborracharse en las noches universitarias para cogerse el autobús de primera hora del sábado a la sierra. Yo también evitaba salir por ver las semifinales del baloncesto universitario norteamericano. Nada que objetar a las entrañables extravagancias de cada uno.

Pero mi preocupación no acaba en los senderos. También han dado un giro radical a su ocio nocturno. Ello no tendría por qué ser negativo. Hace un tiempo que se echa de menos la creatividad. No sé, podrían experimentar con drogas, con cultura, con veladas literarias y etílicas. Pero no, nada de eso: se han entregado a la conservadora y arcaica constumbre de  beber gin-tonic. Vamos, como mi padre.

No es que tomar esta bebida sea criticable en sí mismo. De hecho, alguna vez he disfrutado de ella después de una copiosa comida Es digestiva y no altera demasiado, y eso lo saben los subdirectores generales de la administración cuando quedan con sus secretarias. Pero la moda que han abrazado mis queridos amigos es vomitiva. Han olvidado sus queridos whiskies (me niego a escribir güisquis) o rones y salen por la noche de gin-tonic en gin-tonic. Hasta la victoria final, supongo.

Extraña costumbre que se ha extendido por la ciudad. Surgen establecimientos con llamativos cartesles con “el gin-tonic más elaborado” o “los mejores del hemisferio norte”. Hay una variedad aterradora. Incluso vi el otro día en mi barrio un establecimiento llamado “gintonería”, al tiempo que me sentía aún más desgraciado y perdido, como un diputado del grupo mixto en la Comisión de Justicia del Congreso

¿La explicación a este fenómeno? Indescifrable. He pensado en la apariencia de estatus, o incluso en que realmente sea la bebida que más les guste (nunca les vi pedir uno y estamos hablando de alguno que en la universidad dormía abrazado a su botella de Ballantines). Y claro, chicas, que no escapan de esta moda. No sé, pero un servidor despreciaría a cualquier mujer que no me abofeteara si la invito a ir al sitio donde sirven “el mejor gin-tonic de la ciudad”. 

¿Crisis de los treinta? ¿Gilipolleces? No está tan claro. Lo cierto es que pasean por el monte y toman gin-tonic como si realmente les gustara. Quizá el raro sea yo. Quizá sólo envejecen. Pero tranquilos: puede que, antes de que nos demos cuenta, quedar a comer en un asador y tomar unos whiskies viendo el fútbol comience a ser percibido como algo revolucionario.