20 nov 2012

Sólo un reality show de los malos

De las primarias demócratas de hace ya un lustro se ha dicho y escrito casi todo. También de la victoria de ese extraterrestre político llamado Barack Obama y de su campaña presidencial. Pero el huracán azul de 2008 ha ocultado para muchos una historia mucho más sugerente y humana, como a fin de cuentas son todas las historias de derrotas y desesperación ante un seguro hundimiento: la loca e increíble campaña republicana de John McCain.


La producción de la cadena norteamericana HBO Game change se centra precisamente en el insoportable trance con el que tuvo que lidiar el antiguo héroe de guerra norteamericano y su equipo hace cuatro años, tratando de competir no sólo con un adversario político, sino con una especie de encantador mesías posmoderno agitador de multitudes, al mismo tiempo que trataban de alejarse del todavía presidente George W. Bush.

La obra se basa en en el libro del mismo título escrito por los periodistas John Heilemann y Mark Halperin, en el que abordan las peripecias de ambos partidos en aquellos inolvidables meses, y que sigue la lamentable tendencia al culebrón del periodismo político actual (y también económico; de hecho, la aclamada publicación Too big to fail, del periodista Andrew Ross Sorkin, que narra los convulsos días en torno a la caída de Lehman Brothers y que también fue llevada a la pantalla por HBO, adopta también la forma de una novelita chismosa sobre las aventuras del secretario del tesoro y los CEOs de los principales bancos norteamericanos).

Pero bueno, volvamos a la película. Su director, Jay Roach, y el guionista, Danny Strong (ambos se encargaron también de la interesante Recount sobre la polémica adjudicación del Estado de Florida en las elecciones de 2000), sitúan el foco en Steve Schmidt (Woody Harrelson), experimentado consejero político que asumió el descomunal reto de dirigir la campaña de McCain (encarnado por un desconcertante Ed Harris, que parece más preocupado de imitar los gestos y peculiares características corporales del candidato que por darle vida) y de tomar las decisiones que, a la postre, acabarían condicionando el destino del Partido Republicano en años posteriores.

Así, Shmidt apostará por movimientos arriesgados e impactantes, o más bien desesperados y hasta suicidas, para tratar de reventar el advenimiento del primer presidente negro, y que alcanzarán su apogeo con la precipitada elección de la desconocida y extravagante gobernadora de Alaska, Sarah Palin (clavada por Julianne Moore), sin ninguna experiencia en política nacional, para acompañar a McCain en el ticket presidencial. Schmidt y su equipo irán descubriendo las inimaginables carencias de su candidata en cualquier materia y, a la vez, su también indiscutible encanto hacia ciertas bases de su partido, lo que derivará en una pesadilla incontrolable.

Habrá quien acuse a la HBO de caricaturizar e incluso ensañarse con esta lideresa de la extrema derecha norteamericana (de hecho, tanto McCain como Palin desacreditaron de pasada tanto el libro como la película). Yo en su lugar no lo haría muy alto, no vaya a ser que se quedaran cortos.

En el film se echa quizás en falta la gota que colmó el vaso de este rocambolesco proceso electoral: el hundimiento de Lehman Brothers y el riesgo real de colapso de toda la economía. Roach y Strong pasan de puntillas por la controvertida decisión del candidato republicano de suspender repentinamente su campaña e ir a Washington a "ayudar" a buscar una solución, asunto que sí es abordado ampliamente en el libro (como se ha apuntado en la extensa bibliografía sobre aquellos días, la aparición de McCain y posteriormente de Obama arrastrado por su rival, fue percibida como un engorro por la Administración y el Congreso, que trataban de evitar como fuera que el barco se hundiera y como que no estaban para fotos).

Como en la mayoría de proyectos de HBO, el producto resulta bastante interesante y entretenido. Sin embargo, pese a un conjunto muy cuidado, muy de la casa, de alumnos aplicados, a la obra le cuesta desembarazarse de un incómodo aire a telefilme (de hecho, lo es) barato, que intentan y a veces logran elevar los excelentes trabajos de Harrelson y Moore. 

En todo caso, se trata de una película más que útil para conocer las motivaciones e interioridades de un proceso electoral que, si bien no tuvo ese halo tan romántico que tanto nos gusta y que presidió la campaña de la otra acera, fue el germen de una radicalización de una parte de la derecha norteamericana que afectaría seriamente al Partido Republicano y al conjunto de la política de ese país. Y también representa un ejemplo más de que las decisiones desesperadas, además de imprevisibles, pueden acabar siendo peligrosas. O ridículas, que a veces es peor.

Como apuntó Steve Schmidt, "esto no fue una campaña electoral, fue sólo un reality show de los malos".


19 nov 2012

Lo que se espera de nosotros


Que una entrevista de trabajo en la que te contratan para un puesto de responsabilidad y bien remunerado se convierta en una experiencia aterradora no parece muy probable en estos días de paro y crisis. Sin embargo, Laurent Cantet logra en una escena de El empleo del tiempo (2001) estremecernos y agobiarnos con la selección del protagonista para un buen puesto.


Esta película de apropiado título se centra en las peripecias y angustias de un hombre que ha decidido ocultar a su familia que ha sido despedido de su trabajo y pasa los días conduciendo de un lado a otro e incluso durmiendo (cuando inventa algún viaje) en su coche. Posteriormente, agobiado por la evidente falta de ingresos, recurrirá a otro tipo de actividades menos civilizadas para continuar su farsa.

El planteamiento de trabajador que lleva en secreto otra vida cuando se despide de su mujer por la mañana ha sido abordado por varias obras en los últimos años, como la española La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002), posterior y más pobre, o la macabra variación del mismo asunto que propuso Las horas del día (Jaime Rosales, 2003), pero ninguna de ellas se acerca siquiera a la profundidad que sugiere el director francés.

Cantet, como ya sucediera con la notable y prima-hermana Recursos humanos (hablé de  ella aquí), apuesta por un hábil e incómodo acercamiento al hombre contemporáneo, atrapado por las expectativas familiares y laborales, y nos deriva inevitable y sutilmente a una interesante reflexión sobre la derrota vital, en este caso sobre la que aflora cuando se derrumban los puentes y te percatas de que quizás ya no quieres a tu mujer, el trabajo es absurdo y tu vida ha sido un fraude.

En la decisión del protagonista hay vergüenza por ser expulsado del mercado laboral y por no exponer su fracaso ante los suyos, sí, pero en su huida ese sentimiento se irá solapando, confundiendo y posteriormente sustituyendo por la pura y furtiva felicidad que siente mientras conduce hacia ninguna parte tras demasiados años aceptando lo que su padre, su familia y la sociedad esperaba de él. El autor francés, sin juzgar nunca al personaje, traza hábilmente una finísima línea que nos impide dilucidar si estamos asistiendo a una obra de caída o redención. Seguramente de ambas cosas.

Finalmente, el director no tendrá ninguna piedad del personaje, no lo permitirá escapar o buscar alguna otra salida más radical y fácil, como sugiere la excepcional penúltima escena (que hubiera sido un gran final), sino que cerrará la obra con una aterradora claudicación. Con una penosa condena a la normalidad.

Desde el punto de vista formal, Cantet utiliza aquí recursos expresivos convencionales y se aleja de la austeridad de Recursos Humanos (volvería a ella en la excelente La clase). Así, recurre al subrayado musical de algunas escenas y juguetea quizás innecesariamente con elementos de thriller. Aunque ello no lastra en ningún caso la obra, sinceramente no creo que hiciera falta.

En definitiva, inteligente y necesaria reflexión sobre la necesidad de aceptar o huir de lo que se espera de nosotros. Y sobre la mierda que en el fondo supone ser un consultor de clase media.   

18 nov 2012

Añoranza de la derrota


De pequeño me gustaba la Copa Davis. Pero también me gustaba mezclar Fanta y Coca-Cola en los cumpleaños, así que no exageremos. El caso es que me acuerdo perfectamente de aquellas eliminatorias eternas, primeras rondas casi siempre, donde Emilio Sánchez Vicario y Sergio Casal fracasaban una y otra vez sin remedio.

Es curioso el cariño con el que se rememoran las decepciones deportivas de la infancia. Mis mejores recuerdos son fracasos. Las eliminatorias del Madrid en los ochenta, la final del Espanyol en Leverkusen, las final four del Barça, los desastres de las selecciones nacionales en todas las disciplinas, la rampa de lanzamiento vacía esperando a Perico en Luxemburgo.

Había una especie de fascinación infantil por la derrota, de entrañable encanto por el infortunio, de heroísmo. Los retos parecían inalcanzables y míticos, como los mayores de COU en el colegio.

Lo curioso es que crecimos y acabamos ganándolo todo. Empezamos con los Tour de Indurain, seguimos con Barcelona 92, las copas de Europa de Madrid y Barça o la primera Davis y, no contentos con ello, en la última década los españoles han conquistado los mundiales de fútbol y baloncesto y hasta Wimbledon, la NBA y el Mundial de Formula1.

¿Y ahora qué? Recuerdo la pasión con la que vi hace doce años la primera ensaladera que ganó España mientras oigo de fondo sin mucho interés los partidos que nos pueden dar el sexto título. El contraste es desolador. Como en la vida, una vez que consigues lo que quieres, se atenúa lamentablemente cualquier entusiasmo.

Por ello, si yo fuera aficionado del Deportivo, miraría con recelo a aquella Liga ganada años después, como lo hago a la Eurocopa o al Mundial de fútbol. Porque, al vengarse del penalti de Djukic o de la maldición de cuartos, es posible que también lo hagamos de nuestra infancia.  

En este sentido, los aficionados al Atlético de Madrid me parecen afortunados. Mi padre aún sigue quejándose del gol de Schwarzenbeck en aquella mítica final europea. Pero cada vez que habla de ello, aflora en su mirada el bello y emocionante desencanto de aquella tarde en Heysel. Como un asidero de su juventud y una eterna deuda que saldar algún día, los colchoneros siguen anhelando con inocencia la Copa de Europa. Mientras pasan los años y su tiempo, todavía sueñan. Y estoy seguro de que, en el más absoluto secreto, algunos de ellos prefieren no ganarla.

Los demás estamos huérfanos de fracaso deportivo, tan romántico como inofensivo. Seamos honestos: triunfar en todo acaba siendo un coñazo, como crecer. Se hacen urgentes nuevas fascinaciones y heroicas derrotas. Ahora que nos vamos convirtiendo en personajes de Kaurismäki, nos damos cuenta de que nunca fuimos tan felices como cuando perdíamos en cuartos. 

15 nov 2012

La particular idiosincrasia en que nos desenvolvemos


Como decirle a tu pareja que no aguantas a su hermana, a veces resulta complicado valorar en su justa medida películas levantadas con esfuerzo y hasta heroísmo por chavales con talento que se intentan ganar la vida en esto del cine. Si además los autores son de los nuestros, se lo han currado durante años colgando sus vídeos en Youtube y tratan ahora de buscar algún tipo de modelo de negocio en el formato tradicional de pantalla grande, parece aún más embarazoso cuestionar su proyecto.

Digo esto por la reciente película El mundo es nuestro, meritorio salto de Alfonso Sánchez (también director) y Alberto López desde Internet a las salas de cine, que ha cosechado bastante cariño y adhesiones entre crítica y público pero que, lamentablemente, tampoco  ha tenido el impacto que todos hubiéramos deseado (pero bueno, como esto de la taquilla española va dependiendo cada vez más de los informativos de Mediaset, poco margen queda para los demás).

En la obra, los conocidos personajes de Youtube el Culebra y el Cabesa, chavales de barrio de Sevilla o tiesos  (Sánchez y López interpretan también en la red a sus antagonistas pijos, los llamados compadres), deciden asaltar un banco y, a partir de ahí, se desarrolla una comedia disparatada bastante desigual.



Los más entusiastas han definido en un alarde de generosidad la película como una especie de Tarde de perros berlanguiana a la sevillana. Sin embargo, las primeras referencias que me vienen a la cabeza tras su visionado se acercan más a los clásicos debates de Los Morancos entre las caricaturas del facha y el izquierdista gay o a las parodias sobre la sociedad vasca del programa Vaya semanita.

Porque el humor de Sánchez y López se basa casi en exclusiva en el resbaladizo y probablemente agotado terreno de los topicazos sin excesivos matices o, como les gusta decir a ellos, de la particular idiosincrasia en que nos desenvolvemos, con todo lo bueno y malo que eso pueda conllevar. A partir de aquí, se se intenta construir una especie de crítica social que desgraciadamente resulta algo simple y superficial. La película se ríe de todos los lugares comunes, injustos o no, que podamos imaginar sobre la sociedad sevillana y renuncia a buscar nuevos o valientes registros en el siempre complicado género de la comedia.

Pero, por las razones que apuntaba al principio, vamos a enterrar aquí las carencias de la obra. Porque sí que es cierto que Sánchez logra evitar la amenaza del simple conjunto de gags y escribe un texto coherente y cerrado, con momentos realmente hilarantes, como la desorientación de la aplicada policía de Burgos que no entiende la particular idiosincrasia en que nos desenvolvemos, o las desternillantes apariciones de una reportera de televisión que cubre el asalto. Y lo dirige con solvencia pese a los escasos recursos con los que parece contar, manteniendo un ritmo aceptable que evita que la película se venga abajo en ningún momento. 

Y lo más importante: en conjunto, el film es bastante divertido. Así que no se lo pierdan.

Esperemos que tanto los tiesos como los compadres sigan teniendo éxito con sus proyectos, destrozando idiosincrasias y que puedan realizar más películas. Y así, si un día triunfan y salen a hombros de la Maestranza, podremos pasar nuestra tristes tardes escribiéndoles absurdas críticas destructivas que no va a leer nadie. Porque, una vez que la relación se consolida, ya no hay problema alguno en poner a parir a tu cuñada.

12 nov 2012

De periodismo, espejismos y la cruda realidad


Llevo más de una década asistiendo con estupor al debate sobre si los periódicos de papel desaparecerán cuando, desde hace ya algún tiempo, sé perfectamente que están sentenciados. Sucederá en diez, veinte o treinta años, pero sucederá. Me permitirán que les cuente la sencilla experiencia personal que me reveló esta verdad. A finales del siglo pasado, cuando estaba en la universidad, la mayor parte de mis compañeros de residencia se compraban el periódico a diario y el resto lo hacían sólo los domingos. Sin embargo, poco tiempo después, cuando ya compartían piso, todos dejaron de hacerlo. Jóvenes licenciados, más o menos cultos y con cierto desahogo económico abandonaron de un año para otro esta sana costumbre. Y para siempre. Ahora que todos ellos pasan la treintena y hasta alguno ha formado una familia, no se percibe ninguna intención por su parte de volver al kiosko.

También últimamente se ha puesto de moda alabar un nuevo periodismo en Internet, alentado desde las redes sociales, que cuestiona todo el modelo anterior y proclama que no ya el futuro sino el presente está en la red. Y la verdad es que, si uno se fía de Twitter, puede intuir que comienzan a fraguar proyectos de éxito. Pero a veces hay que dejar de mirar la pantalla y salir a tomar el aire. El otro día, cenando con otros amigos, todos ellos trabajadores de clase media, bien informados y adaptados a las nuevas tecnologías, me quedé de piedra cuando me confesaron que no conocían la existencia de medios como Sportyou, Jot Down o Filmin, sitios que yo suelo frecuentar y que entendía como auténticas referencias de modelos de negocio en la red.

Realmente estamos ante un momento difícil y confuso para el periodismo, pero no nos debería pillar por sorpresa salvo que decidamos que los árboles nos impidan ver el bosque. Vamos a recordar algo obvio: Internet ha alterado y puede que se acabe cargando la industria periodística de siglos pasados, como también ha convulsionado la editorial, musical o cinematográfica. Habrá que adaptarse, pero supongo que pocos sobrevivirán y, si lo hacen, se parecerán poco a los medios del pasado.

Volviendo la mirada atrás, hay quien critica cómo las empresas periodísticas abordaron la aparición de Internet. No seré uno de ellos. Sinceramente, creo que poco más pudieron hacer. Los principales diarios españoles (y mundiales) decidieron a finales de los noventa ofrecer sus contenidos gratis en la red. En España hubo uno, el más importante, que intentó establecer poco después un pago por acceder a su página. El resultado: perdió un liderazgo que hubiera sido incuestionable en favor de la competencia, tuvo que recular y hoy todavía lucha por la primacía en este sector. Otros importantes periódicos internacionales también vivieron experiencias fallidas al inicio del milenio al tratar de cobrar a sus lectores.

Influenciados por este fracaso y atrapados por la proliferación de portales temáticos que minaban su campo de acción, los periódicos mantuvieron el gratis total en la red y, a medida que Internet se iba generalizando, perdían lectores (los más jóvenes e ilustrados, el futuro) a gran velocidad.

Sí puede resultar cuestionable la actitud de empresas e incluso periodistas que no percibieron desde el primer momento (o eso ha parecido) la magnitud de la tragedia. Cuando, al inicio de la era Internet, la industria musical se tambaleaba por las descargas sólo estábamos asistiendo a un prólogo de lo que les sucedería a otros sectores y, en especial, al periodístico tradicional.

Ahora parece que está llegando el apocalipsis del periodismo decimonónico. Cada día se anuncian EREs y despidos en medios de comunicación y nos lamentamos por el futuro de esta profesión. Pero cometeríamos un error si no levantáramos la mirada. No nos equivoquemos. La crisis general y la situación de la publicidad han influido en la velocidad de la debacle de la industria, pero no son la causa. Desde el nacimiento de Internet, era inevitable que el sector tendría que reinventarse. El problema radica en que todavía nadie tiene idea de cómo hacerlo. 

En estas circunstancias, además de hacer cursos de community managers, muchos profesionales que lamentablemente se han quedado sin empleo, alentados por los cantos de sirena de la red, se lanzan a abrir sus webs, blogs e impulsar proyectos en los que a veces regalan su trabajo y sus ahorros. Incluso utilizan novedosas fórmulas de financiación como el crowdfunding. Ven en Internet un nicho donde continuar su carrera periodística.

Pero la realidad es tozuda y se encuentra a veces muy alejada de las doctrinas de los llamados gurús. Por citar los ejemplos que utilicé al principio del texto, tres medios que admiro y considero de referencia en la red (deportiva, cultural y cinematográfica), Sportyou ha anunciado que despedirá al 40% de su plantilla, Jot Down está "en el límite del capital inicial" y busca el papel y otros medios para obtener ingresos (artículo de El País sobre esta publicación). Y Filmin, que no es periodística sino cinematográfica y que podría ser un buen ejemplo para otros sectores, todavía no es rentable, según su portavoz.

Así que dejémonos de milongas y espejismos. Nos encontramos en un proceso revolucionario que cambiará para siempre la industria periodística. Y mientras no se asiente un modelo de negocio viable y no se estabilice el mercado, esta profesión lo va a pasar muy mal. Teniendo en cuenta que quizás pasen veinte años hasta que ello suceda, vayamos asumiendo de una vez que hay una generación de periodistas que desgraciadamente está bastante jodida.  

Y lo realmente triste es que no existen recetas mágicas para tratar de paliar esta sangría. Desde este humilde espacio, aportaré alguna breve idea, seguramente equivocada, que podría plantearse para el debate.

En primer lugar, y sintiéndolo mucho, habría que reflexionar sobre la existencia de la carrera de periodismo. Entiendo que ello pueda resultar algo polémico, pero me parece un auténtico drama que muchos adolescentes brillantes que podrían ser ingenieros, médicos o cualquier otra cosa se decanten movidos por el bello pero en este caso poco práctico romanticismo por esta licenciatura que conduce a un sector donde no hay empleo ni excesivas salidas colaterales.

Además, considero que ya es hora de que los principales medios nacionales e internacionales se pongan de acuerdo por una vez y establezcan modelos de pago razonables para acceder a los contenidos. Se mire por donde se mire, resulta bastante absurdo que un periódico ofrezca gratis en Internet los mismos y a veces más contenidos (y actualizados en tiempo real) que los que vende a un euro y medio en el kiosko. O que trate de cobrar por una especie de PDF. Ya existe algún modelo interesante en este sentido, como el de The New York Times, en el que se permiten visitas a ilimitadas a la portada y a un número determinado de artículos, pero establece un pago a quienes pretendan hacer un uso más intensivo de la web.

Y, por último y más importante, deberíamos ser todos más humildes y reconocer que nadie sabe cómo va a acabar todo esto. A fin de cuentas, Gutenberg acaba de inventar la imprenta y desconocemos aún hacia dónde nos dirigimos.

9 nov 2012

Humanidad y patatas hervidas


Probablemente Béla Tarr no será nunca el autor más aclamado en los circuitos donde se exhiben sus películas ni el que más repentinas adhesiones reciba en Twitter. Ni, por supuesto, el más rentable. Pero de lo que no cabe ninguna duda tras The Turin horse es que hablamos del director más humano.

El húngaro nos regala en esta obra una exhibición portentosa de cine y lucidez que sitúa lamentablemente a sus contemporáneos varios pasos por detrás. Tomando como referencia el célebre episodio en el que Nietzsche se abraza al cuello de un caballo al que su dueño estaba maltratando para posteriormente encerrarse en la locura hasta el final de sus días, Tarr vuelve su mirada hacia el caballo y sus dueños en una sobrecogedora metáfora sobre la deshumanización, la desesperanza y la indiferencia hacia la trascendencia.

Tras detenerse en el camino a casa del protagonista y del animal en una de las escenas más bellas e impactantes de este siglo cinematográfico, el director nos encerrará en la casa donde viven el cochero y su hija. Y al decir “viven” me refiero a vestirse, ir al pozo a por agua, dar de comer al caballo, poner patatas a hervir, comer patatas hervidas, mirar la tormenta y la desolación por la ventana, desvestirse y acostarse. Heladora repetición de actos cotidianos sin palabras envueltos en notables planos secuencia con una cuidada fotografía en blanco y negro y encuadres magistrales, y sólo acompañados puntualmente por una opresiva pieza musical de Mihály Víg.


Este ambiente sobrecogedor de ocaso de lo humano, de simple reiteración de actividades diarias azotadas por una tormenta de viento en medio de la nada, sólo será alterado por un par de visitas que alertan a su manera del desmoronamiento de lo conocido y, posteriormente, por la progresiva extinción de estos escasos asideros de subsistencia.

Tarr (acompañado por su guionista de cabecera, Laszlo Krasznahorkai) nos muestra así un fin del mundo y de la civilización, sí, pero el apocalipsis que verdaderamente le interesa es el del hombre, a quien se le han agotado sus referencias existenciales y la capacidad de sentir y compadecerse y hace todos los días lo mismo mientras espera que algo nuevo suceda, sin percatarse de la infinita tragedia o broma vital que reduce siempre ese algo nuevo a la certeza de un prosaico final. Y de que precisamente es esa ausencia de compasión la que acaba derivando en destrucción.
    
Por último, quienes achacan complejidad o elitismo a la película (no cito al aburrimiento porque ésta es una sensación absolutamente subjetiva; para mí su apogeo se sitúa sin duda en una tarde de compras) deberían hacérselo mirar o reflexionar seriamente sobre su existencia. Nada más lejos de la realidad. Es una obra bella, simplísima y dolorosamente accesible. Pero sobre, todo, es humana. Ideal para ponérsela a un community manager de ésos para ver si comprende de una vez de qué va todo esto. De comer patatas hervidas todos los días mientras el mundo y nuestra vida se desmoronan.

2 nov 2012

Víctimas, intimidad y morbo


Según las frías e injustas estadísticas, cada día mueren en España cuatro personas en accidentes de tráfico y, como mucho, lo máximo que sabremos de ellas se reducirá a sus iniciales. También se suicidan ocho, de las que nunca tendremos ninguna noticia.

El pasado miércoles se produjo un suceso trágico en una fiesta celebrada en un pabellón de Madrid que acabó con la vida de tres jóvenes en una aglomeración. Pocas horas después, sus nombres completos, fotos y hasta algún perfil reinaban en las ediciones digitales de los principales medios de comunicación del país y se utilizaban en piezas de radio y televisión.

Dejando a un lado el interesantísimo debate sobre los moldeables y azarosos criterios que utilizan los medios para convertir algunos sucesos en gran noticia y otros no, resultan incomprensibles los factores que conducen a periódicos y televisiones a hacer públicas las identidades de las víctimas en ciertos acontecimientos ¿Por qué en un incendio o una explosión de gas en una vivienda no se suelen publicar? ¿Tiene que ver con el alcance que han decidido dar a la noticia? ¿Si las publica uno, los demás se lanzan? ¿O simplemente se reduce a una cuestión de morbo?

No lo he comprobado pero estoy seguro de que los perfiles o artículos en los que nos cuentan la vida o nos muestran las fotos de estas jóvenes se sitúan entre las informaciones más vistas de las páginas web y de los informativos. La audiencia es así y lamentablemente navega cómoda en el lodazal. Pero lo chocante es que este tipo de revelaciones sobre víctimas de tragedias también son alabadas entre la élite de la crítica periodística.

Así, The New York Times cosechó todo tipo de premios periodísticos por los perfiles de los fallecidos en los atentados del 11-S. Años después, tras los atentados de Madrid, los principales periódicos españoles realizaron igualmente este tipo de artículos sobre los asesinados aquella triste mañana. También recibieron galardones y elogios. Si bien hay que reconocer que la mayoría de los textos estaban escritos con delicadeza (aunque en algunos había veleidades pseudoliterarias que no venían a cuento), lo cierto es que eran una colección de relatos de vidas privadas de estos desafortunados, con todo tipo de innecesarios  y embarazosos detalles sobre a quién amaban, su trabajo, sus aficiones o su equipo de fútbol favorito. Al parecer, se les quería rendir tributo, pero la línea entre el periodismo, el homenaje y el simple espectáculo es muy fina.  

Habrá quien argumente que las familias dan el visto bueno e incluso colaboran en este tipo de reportajes. Y que los pueden percibir como una especie de despedida o reivindicación de sus seres queridos desaparecidos. No dudo de que en algunos casos pueda ser así. Pero aún en estas circunstancias no podemos olvidar que debemos un respeto a la persona fallecida, que nunca hubiera deseado ser protagonista de un suceso de este tipo, y a la que lamentablemente ya no podemos preguntar sobre si le importa que se publique su nombre y su foto o se escriba sobre su carácter, sus hobbies o sus sueños pendientes.

En mi opinión, este tipo de prácticas suponen en el mejor de los casos una evidente intromisión en la intimidad de las víctimas y de sus familias (cuyo último problema en esos terribles momentos es la deontología periodística, obviamente), que incluso tienen que soportar a reporteros y cámaras de televisión en el tanatorio. En el peor, convertir las tragedias en entretenimiento.

Aunque bien es cierto que puede que la culpa no resida completamente en los medios y que reclamar cierto pudor y anonimato en una época en la que publicamos nuestras fotos y nuestras vidas en Facebook y geolocalizamos nuestra posición y sentimientos sea una batalla perdida de antemano.

30 oct 2012

Homeland y los que aman

Los entusiasmos generalizados suelen entristecerme pero eso es problema mío y por supuesto no lo es de quienes disfrutan de la existencia ni tampoco de la serie Homeland. Esta obra de la cadena Showtime se ha convertido en apenas temporada y media en una especie de referente para los llamados amantes de las series, nueva clase social generalmente joven (cada vez menos, ¡eh!), desorientada, elitista, con carrera, Twitter y lamentablemente ahora desempleada en su mayoría. Aunque sean series vistas en un ordenador, por amar que no quede.

Por si hay alguien que quede sin saberlo, Homeland es una serie de espías que bebe y de alguna manera trata de superar el trauma post 11-S mediante una propuesta aparentemente atrevida y arriesgada. La obra se basa en la extraordinaria potencia de su premisa inicial (un marine americano dado por muerto es rescatado tras ocho años secuestrado por Al-Qaeda y una agente de la CIA sospecha que puede haber sido captado por este grupo) y discurre con cierto oficio por los habituales cánones más convencionales de la narrativa de espías para dummies.

Sí es cierto que, además de la fuerza del arranque, la serie introduce arquetipos y ambigüedades no demasiado utilizados en la televisión de masas, pero en el fondo estamos ante un folletín con pretensiones de espías y posibles terroristas al que, por exigencias del género, se le da demasiadas vueltas para completar los capítulos firmados. Incluso, en uno de estos giros de la trama, se llega sin pudor al absurdo de liar sentimentalmente a los dos protagonistas. Ambos están de manicomio, por cierto.

Pese a ello, la serie hubiera pasado a la historia de la televisión y hubiera superado definitivamente el duelo del 11-S en la ficción occidental si el personaje principal hubiera hecho en el último capítulo lo que se suponía que tenía que hacer y no se hubiera entregado, como lamentablemente era de esperar, a un desenlace pobre de telefilme de sobremesa.

Pero esto no acababa aquí. Por aquello de las audiencias, porque así lo establece la llamada “era de las series” y porque también así lo esperan sus amantes, resultaba al parecer absolutamente imprescindible una segunda temporada que doblara la duración de una narración a la que le sobraba el 70%, lo que hacía presagiar el desastre total.

Sin embargo, aquí he de reconocer la eficacia que han demostrado hasta el momento los guionistas con semejante regalo envenenado. En los cuatro primeros capítulos (que he visto ante la persistente insistencia de algunos amigos), asumiendo la imposibilidad de mantener el mismo juego argumental del pasado año, han acelerado sorprendentemente la trama y hasta podría parecer que tratan de pasar página y resituar de alguna manera la obra.

Veremos cómo evoluciona la serie y la audacia de sus escritores, a quienes animamos fervientemente a incluir un atentado terrorista que no sea salvado en el último suspiro por nuestra trastornada heroína de la CIA y, por supuesto, a eliminar de una vez al ya incomprensible personaje principal y a su insólita familia, que cargan desde hace tiempo. De esta manera, nuestra vida seguiría igual pero podríamos disfrutar de una serie de espías pseudoadulta.

En todo caso, no soy excesivamente optimista sobre los derroteros que tomará Homeland, más aún cuando está siendo alabada mayoritariamente por público y crítica. Hasta el punto de que se está comparando este producto manido, conformista, efectista y tramposo con algunas de las mejores series de los últimos años. Pero esto también es sólo problema mío y no de los que aman.



(Una humilde recomendación: la interesante "Rubicon", que no despertó entusiasmo generalizado y quizás por ello la tenemos más cariño del que realmente merece, nos acercaba al mundo de los espías desde una óptica más realista, adulta y honesta)

29 oct 2012

Presidente Mitterrand: nostalgia del siglo XX


Hay innumerables enfoques, puntos de vista o ángulos desde los que se podría intentar abordar la descomunal figura de Francois Mitterrand, el inolvidable presidente francés de finales del siglo pasado. Seguramente, todos estarían condenados al fracaso. Sin embargo, Robert Guediguian demuestra un estimable talento y una extemporánea valentía narrativa al situar su mirada en los últimos años de vida del hombre, derrotado por la enfermedad y la esperanza.

Presidente Mitterrand (o el más bello y certero El paseante del Champ de Mars) logra así trascender así la historia, la política, la inútil contingencia, para centrarse en lo realmente trascendente: el enfrentamiento de un hombre con su muerte segura y anunciada mientras redacta unas memorias junto a un joven y ambicioso periodista.


Este planteamiento permite a Guediguian presentarnos a un Mitterrand, magistralmente interpretado por Michel Bouquet, ya de vuelta de todo (y aquí ese todo es descomunal), aunque preocupado por su legado y los fantasmas que lo han acompañado durante su eterna carrera, en ese estado de todo anciano cercano al final, en el que imaginamos que poco se tiene que perder y nada queda tampoco por ganar, y que resulta imposible de comprender a quien no lo ha experimentado.

Con Mitterrand no sólo murió un gigante político inabarcable, sino una forma de ver el mundo, socialdemócrata y segura en la cómoda incertidumbre de la Guerra Fría, que nos dejó globalizadamente confusos y dramáticamente conectados a la espera de nuevos reposicionamientos geopolíticos e ideológicos. Desde esta óptica, cobra especial importancia en la obra la figura del joven biógrafo (otro buen trabajo de Jalil Lespert), que nada ya en el relativismo post Guerra Fría y a quien se le derrumban también los puentes vitales, sentimentales y políticos mientras cae seducido por la figura cuasi paterna del gran y enfermo Francois.

La obra, estrenada en 2005 y basada en el libro Memorias interrumpidas (que no he tenido oportunidad de leer), pasa de puntillas por algunos aspectos y sospechas muy trilladas sobre la juventud del presidente francés en el gobierno de Vichy, que interesan al joven periodista por obligación y molestan al viejo mandatario casi también por costumbre. A los dos les importarán cada vez menos estos episodios y más los inevitables enfrentamientos con el aprendizaje y desorientación vital del primero y con el ocaso del segundo.

Guediguian no entrega una película redonda (y ya va siendo costumbre) pero la sutileza con la que aborda al personaje y la carga de profundidad que esconde la sitúan como un documento histórico y existencial necesario. Además, en estos tiempos en los que se cuestiona alegre y peligrosamente la política, la evocación de una figura tan poderosa y protectora en el final de sus días nos conduce a la más urgente nostalgia. Como dice el propio Mitterrand, “detrás de mí sólo vendrán financieros y contables”. Dios, cómo se echa de menos el siglo XX.

18 oct 2012

El infierno del extrarradio


En Dog days (2001), Ulrich Seidl nos regala sin ningún remordimiento un recital de desagradable y ridícula perversión y decadencia de la sociedad austriaca de primeros de milenio. Por la obra desfilan jóvenes metanfetamínicos adictos al sexo y a la violencia, parejas de mediana edad abandonadas y desequilibradas, ancianos solitarios y locos, mujeres maduras que acuden al maltrato cuasi animal  y, en general, todo tipo de perturbados. Una pandilla muy edificante, vamos.


La película, pese a su desmedido exceso, tiene su indudable interés por el indiscutible talento de su director y como enésimo acercamiento al vacío moral y existencial de la ciudadanía acomodada de nuestra época, esta vez desde una punto de vista bastante hardcore, como visión desesperanzada de la hipócrita, reprimida y desorientada sociedad del siglo XXI.

Hay quien apunta una relación más o menos estrecha entre esta película y la obra del también austriaco Michael Haneke. Pero, aunque comparten algunos puntos en común tanto en la forma como en el contenido,  Dog days está muy alejada de la profundidad y objetivo moralizante del autor de El séptimo continente. Haneke denuncia la violencia y la falta de comunicación; Seidl escupe sin ninguna sutileza esa violencia e incomunicación.

En todo caso, la película sí utiliza dos recursos absolutamente magistrales para ilustrar esta lamentable realidad y cuyos peligros no están excesivamente asumidos por la sociedad: el calor y el extrarradio.

Así, la acción transcurre en esos pocos días de calor sofocante que sufren cada año los austriacos (no saben la suerte que tienen) en los que sale a relucir lo peor de cada cual. Y es que resulta obvio que las altas temperaturas nunca han acompañado ningún avance social ni implementado ninguna actividad productiva y que, sobre todo, son absolutamente perjudiciales para la estabilidad mental.

En este sentido, resulta absolutamente sorprendente que muchos ciudadanos occidentales muestren un increíble apego al verano, como si encontraran algún placer desconocido en sudar continuamente y no poder dormir, por citar sólo dos de los inconvenientes menos peligrosos de esta época del año.

Otra de las estupideces que denuncia Seidl es la extraña costumbre de tomar el sol. El autor austriaco nos muestra en una de las escenas de la pasada década a los vecinos de una lamentable urbanización tumbados ridículamente en su terraza como si fueran perros, buscando desesperadamente alguna variedad de cáncer de piel o algún otro tesoro que se me escapa.

Más allá del diabólico calor, hay que destacar además la habilidad de Seidl al situar esta historia en el extrarradio, auténticos infiernos de la sociedad actual. Ya sea en su versión de chalets para ricachones, de asquerosas urbanizaciones para clases medias con pretensiones, de gigantes y feos edificios de viviendas de protección oficial o de macrocentros comerciales donde malgastar tu existencia, auténticos templos de lo absurdo, resulta evidente que los entornos circunvalatorios conducen inevitablemente a la pérdida de cordura, a la incomunicación o incluso, como plantea el autor austriaco, a la perversión, al colocar en la trastienda de un centro comercial un cuarto oscuro donde los desorientados personajes olvidan por un momento y profundizan sin remedio en la podredumbre de su alma en horario laboral.

Y es que cualquiera con dos dedos de frente que se lo pueda permitir tratará de buscar bien un entorno lo más urbano posible, bien el aislamiento rural, pero siempre evitará en lo posible estos inhóspitos lugares donde lo más humano que uno se puede encontrar es, como señala Seidl, a una perturbada que se pasa el día pidiendo a los conductores que la lleven a dar una vuelta para hablarles sin parar de listas de electrodomésticos e interrogarles sobre sus tristes vidas. Incluso, si tienen suerte, se puede callar un rato y ponerles una bonita canción que siempre lleva consigo y que hará algo menos dolorosa la eterna circunvalación que no conduce a ninguna parte.