19 nov 2012

Lo que se espera de nosotros


Que una entrevista de trabajo en la que te contratan para un puesto de responsabilidad y bien remunerado se convierta en una experiencia aterradora no parece muy probable en estos días de paro y crisis. Sin embargo, Laurent Cantet logra en una escena de El empleo del tiempo (2001) estremecernos y agobiarnos con la selección del protagonista para un buen puesto.


Esta película de apropiado título se centra en las peripecias y angustias de un hombre que ha decidido ocultar a su familia que ha sido despedido de su trabajo y pasa los días conduciendo de un lado a otro e incluso durmiendo (cuando inventa algún viaje) en su coche. Posteriormente, agobiado por la evidente falta de ingresos, recurrirá a otro tipo de actividades menos civilizadas para continuar su farsa.

El planteamiento de trabajador que lleva en secreto otra vida cuando se despide de su mujer por la mañana ha sido abordado por varias obras en los últimos años, como la española La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002), posterior y más pobre, o la macabra variación del mismo asunto que propuso Las horas del día (Jaime Rosales, 2003), pero ninguna de ellas se acerca siquiera a la profundidad que sugiere el director francés.

Cantet, como ya sucediera con la notable y prima-hermana Recursos humanos (hablé de  ella aquí), apuesta por un hábil e incómodo acercamiento al hombre contemporáneo, atrapado por las expectativas familiares y laborales, y nos deriva inevitable y sutilmente a una interesante reflexión sobre la derrota vital, en este caso sobre la que aflora cuando se derrumban los puentes y te percatas de que quizás ya no quieres a tu mujer, el trabajo es absurdo y tu vida ha sido un fraude.

En la decisión del protagonista hay vergüenza por ser expulsado del mercado laboral y por no exponer su fracaso ante los suyos, sí, pero en su huida ese sentimiento se irá solapando, confundiendo y posteriormente sustituyendo por la pura y furtiva felicidad que siente mientras conduce hacia ninguna parte tras demasiados años aceptando lo que su padre, su familia y la sociedad esperaba de él. El autor francés, sin juzgar nunca al personaje, traza hábilmente una finísima línea que nos impide dilucidar si estamos asistiendo a una obra de caída o redención. Seguramente de ambas cosas.

Finalmente, el director no tendrá ninguna piedad del personaje, no lo permitirá escapar o buscar alguna otra salida más radical y fácil, como sugiere la excepcional penúltima escena (que hubiera sido un gran final), sino que cerrará la obra con una aterradora claudicación. Con una penosa condena a la normalidad.

Desde el punto de vista formal, Cantet utiliza aquí recursos expresivos convencionales y se aleja de la austeridad de Recursos Humanos (volvería a ella en la excelente La clase). Así, recurre al subrayado musical de algunas escenas y juguetea quizás innecesariamente con elementos de thriller. Aunque ello no lastra en ningún caso la obra, sinceramente no creo que hiciera falta.

En definitiva, inteligente y necesaria reflexión sobre la necesidad de aceptar o huir de lo que se espera de nosotros. Y sobre la mierda que en el fondo supone ser un consultor de clase media.   

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