12 oct 2011

Nos hubiera gustado ver Solaris



El polaco Stanislaw Lem (1921-2006) y el ruso Andrei Tarkovski (1932-1986) han pasado a la historia como dos colosos de la literatura de ciencia ficción y del cine. Sin embargo, la adaptación que hizo el cineasta en 1972 de la novela Solaris (1961) provocó una de las polémicas más recordadas en la siempre complicada relación entre los dos géneros. Ambos renegaron del resultado y se lanzaron dardos durante años. Incluso, al cabo del tiempo, Tarkovski acabó despreciando su propia película y considerándola su peor obra, al no haberse podido desprender por completo del libro del polaco.

En mi caso, durante años deseché la novela. La leí de adolescente, esa época tan desagradable en la que no se sabe nada pero se anda como un idiota. Luego, cuando era universitario y seguía sin entender nada, vi maravillado la película del ruso. Recordaba la novela, sí, pero entonces me pareció una historia plana que el cineasta había sabido llenar de sabiduría y profundidad. Ahora, cuando uno sigue siendo un completo ignorante pero se está más tranquilo, he revisado las dos y me he visto en la obligación de reivindicar al polaco. He descubierto no sólo una de las obras mayores de la Ciencia-Ficción, sino quizás también una de las novelas más sugerentes, hipnóticas y desasosegantes de la historia de la literatura. Y he constatado que el director ruso desaprovechó un material enorme de posibilidades.

Lem construye de la nada un nuevo mundo y detalla con envidiable precisión y soltura sus principales comportamientos y hasta su propia historiografía. Nos regala un planeta que no puede ser abordado por la mente humana, tan pobre y pretenciosa. Y a partir de aquí reflexiona sobre la imposibilidad o al menos la enorme dificultad que conllevaría el contacto con otras formas de vida.  “No imaginamos que pueda haber algo muy distinto y, con esta idea, partimos hacia otros mundos ¿Y qué haremos con esos otros mundos? Dominarlos o que ellos nos dominen ¡No hay otra idea en nuestros patéticos cerebros! Ah, cuánto esfuerzo inútil”, apunta el protagonista, el astronatuta Kris Kelvin, quien acabará citando también la teoría (inventada) de Gratterston: “nunca será posible ninguna clase de contacto entre el hombre y alguna civilización extrahumana”, tan repetida en las últimas décadas.

Pero, además de ser una obra de ciencia ficción fascinante, en el olimpo del género, el libro supone asimismo un viaje al interior del alma humana, un encuentro con los fantasmas que arrinconas en tu mente pero que definen o completan tu esencia. “El hombre se ha lanzado al descubrimiento de otros mundos y otras civilizaciones sin haber explorado íntegramente sus propios abismos, ese laberinto de oscuros pasadizos y cámaras secretas, sin haber penetrado en el misterio de las puertas que él mismo ha condenado”, reflexiona Kelvin.

                       


Además, también es una bella historia de amor, con entrañables declaraciones de un romanticismo extravagante: “¿Te han enviado para torturarme o para hacerme feliz, o eres tan sólo un instrumento que ignora su función y del que se sirven para examinarme?” O “no puedo asegurarte que te querré siempre, ¿y si mañana me convirtieran en una medusa verde?”

No era de extrañar, pues, que a Tarkovski le atrajera el lado intimista de la novela. La obra del cineasta ruso siempre estuvo marcada por una intensa espiritualidad, por una reivindicación de valores profundos que veía en peligro de extinción en las nuevas generaciones soviéticas de los setenta.

Así, Tarkovski comienza pronto a marcar diferencias con la novela. Añade un prólogo en el que Kelvin visita a su familia antes de emprender el viaje al planeta, en el que introduce con habilidad el Informe de Breton. Aquí ya tenemos mucha agua, mucha naturaleza, muchos silencios, mucha intensidad. Como siempre, vamos (Tarkovski era un artista muy inteligente, pero sus temas y metáforas siempre fueron repetitivos). Luego nos regala diez minutos en un coche realmente memorables que seguramente tengan un significado muy importante y sesudo.

Ya en la nave, el ruso adapta libremente la novela. En un primer momento, sigue con cierta fidelidad el argumento: los compañeros de misión, los visitantes, la expulsión al espacio de la mujer-visitante del protagonista, las preguntas y dudas de Kelvin ante la situación se sus compañeros. Sin embargo, pronto la película se apartará descaradamente del libro y se centrará exclusivamente en los demonios interiores del astronauta, culminando, cómo no, con el protagonista postrándose ante su padre en la casa familiar (no hará falta aclarar que ni el padre ni la casa están presentes en el libro, pero bueno, así era el ruso). Y con mucha agua, por supuesto.  

Y es que Tarkovski desecha toda la parte de ciencia ficción. La minuciosa descripción que hace el novelista de las formas del planeta, de las simetriadas o asimetriadas, las reflexiones sobre el contacto con la vida extraterrestre, las conversaciones científicas con Snaut y Sartorius. Alardeó incluso de ello: “En Solaris, si hay algo que no me interesaba, era la ciencia ficción”. Se preocupa menos del planeta y de su comportamiento que Mourinho del buen fútbol, y se centra en el hombre desorientado, buscando el perdón, la espiritualidad, la calma, el sentido de la existencia.

Para ser justos, el ruso también nos regala una secuencia bellísima que no se encuentra en el libro: la cena de los tripulantes en la biblioteca, en la que desaparece la gravedad y aparece el mejor Tarkovski.

A pesar de todo, sinceramente, me gusta la obra que hizo el ruso. La película, pese a lo que diga su director, es soberbia. Sin embargo, resulta muy lamentable que despreciara el material científico-aventurero de la novela, que complementaría y elevaría sin duda el nivel global. Si el ruso hubiera aparcado un momento su concepción irrenunciable del cine, si hubiera tenido un gesto de humildad y hubiera valorado el potencial artístico del conjunto de la novela, podríamos estar hablando, sin exagerar, de una película excepcional, con mayúsculas, de las mejores de la historia del cine. En fin, una pena.

“Me hubiera gustado ver el planeta”, se lamentaba Lem. A mí también. 


22 jul 2011

Películas que dan miedo de verdad

El cine de terror (y sus numerosos subgéneros, desde el thriller inquietante hasta el gore) se ha convertido en las últimas décadas en uno de los géneros más rentables de la industria cinematográfica. Hay propuestas brillantes, sí, que crean tensión y desasosiego, pero la mayoría se despachan con un par de sustos y tramas de y para adolescentes subnormales.

Escribo esto tras ver una de estas últimas películas. El sopor que me ha generado me ha hecho reflexionar sobre las películas “de miedo” que realmente me han aterrado de verdad, que me han dificultado dormir tras su visionado. Y descubro que son muy pocas y que algunas que me alteraban cuando era niño me resultan ahora insoportables.

Aquí va una lista con algunas películas de terror en las que un servidor ha pasado miedo de verdad viéndolas de adulto. No incluyo thrillers o dramas que pueden angustiar y hacer pasar un mal rato al espectador (algunas de este tipo en las que lo he pasado mal últimamente han sido Shutter Island o La cinta blanca), sino que me ciño exclusivamente al género puro y duro:

La profecía
Un referente en el género “niño poseído” y en todo el cine de terror (junto a The innocents). El chaval, la cuidadora, el perro, los susurros de la banda sonora,… Aterradora.
         
        El resplandor
La imagen del niño con el triciclo a toda velocidad por los interminables pasillos del hotel forma ya parte de los miedos profundos de al menos un par de generaciones.

La semilla del diablo
Polanski filmó una atmósfera y un martirio brutal para una madre en el que nos embarcó a todos. La última parte de la película es de lo más acongojante que uno ha visto.

Paranormal activity
El género "falsa realidad" como fenómeno de masas nació a finales de los noventa con la discretita El proyecto de la bruja de Blair y se encuentra ahora en pleno apogeo con multitud de propuestas taquilleras, como Monstruoso o la española Rec. Paranormal activity sigue al pie de la letra las reglas de este tipo de cine. Es simple y vacía, sí, pero cuando la pareja se acuesta y el reloj de la videocámara comienza a avanzar, uno no sabe dónde meterse.  

The innocents
En España se la bautizó como “Suspense” (a todo esto, cómo se lo debían pasar hace medio siglo los que ponían los títulos que les daba la gana a las películas extranjeras). Auténtica joya del cine de miedo. Niños y fantasma aterradores en un viejo y gélido caserón.

The ring
Me refiero a la original japonesa. Aunque en un segundo visionado, me pareció aburrida y le vi las costuras por todos los lados, nunca olvidaré la primera vez que vi la escena final y la desconfianza con la que miré al televisor durante unos días.

Funny games
Me refiero a la original, aunque me han dicho que el remake es idéntico (a todo esto, ¿ha dado Haneke una explicación convincente de por qué se prestó a volver a rodar la misma película para los norteamericanos?). Bien es cierto que esta obra es más bien un ejercicio de estilo moralizante sobre la violencia y este tipo de "entretenimiento" cinematográfico, con caricaturas en vez de personajes malvados, y con apelaciones a la inteligencia del espectador sobre la catadura de lo que está viendo o disfrutando. Pero, más allá de las lecciones del director austriaco, el mal rato que pasa uno es de órdago.

18 jul 2011

Otra lista de series

Como este blog es muy original, aquí va una lista de las mejores series de televisión que he visto. En mi humilde opinión, claro.

1- The wire
Literatura rusa, disección certera, compleja y total de una ciudad, personajes inolvidables. Lo que quieran. El Baltimore de primeros de siglo forma parte ya de nuestra memoria sentimental. Cinco temporadas perfectas componen esta maravilla de la cadena HBO.

2- El ala oeste de la Casa Blanca
Nadie escribe diálogos entre personas muy inteligentes como Aaron Sorkin. El humor, la mala leche y el inmenso talento derrochado en réplicas vertiginosas desbordan los capítulos de esta extraordinaria serie. Se esperan con ansiedad nuevos proyectos del escritor.

3- Mad men
Elegante y perfecta con sabor al mejor cine clásico. Pero no sólo es eso. Mad men también es una compleja obra sobre las contradicciones, deseos y desesperanzas humanas. Lo mejor de la televisión actual. 

4- Los Soprano
Inolvidable serie sobre la vida familiar y profesional de un mafioso con problemas de estrés. James Gandolfini nunca dejará de ser Tony.

5- Breaking bad
Inteligente y enferma, como su protagonista. Una de las propuestas más complejas, amorales y curiosas de la televisión. A ver cómo la cierran.

6- Lost
No tiene la calidad literaria de las anteriores pero ya es historia de la televisión. Como lo fueron Twin Peaks o Expediente X. Sugerente y profunda a veces. Adictiva siempre.

7- The Pacific
Sorprendentemente, peor considerada que su gemela Band of brothers. En mi opinión, está mucho más conseguida. Perfecto cine bélico con el sello Spielberg. Tiene capítulos inolvidables que perfectamente podría haber firmado Eastwood, como Melbourne. Y una banda sonora eterna. 

8- Twin Peaks
David Lynch dejó su sello con esta propuesta atemporal. La especial y envolvente atmósfera y el extraño y genial sentido del humor disculpan la deriva que tomó la serie en los últimos capítulos.

9- Expediente X
Marcó una época de la televisión que sigue vigente. De hecho, la exitosa e interesante Fringe no deja de ser una revisión de este clásico.

10- Treme
Quizás es un poco osado incluir esta serie después de una sola temporada. Pero es que repite con similar calidad dramática el acercamiento de The Wire a una ciudad y sus habitantes, esta vez a la Nueva Orleans post Katrina. Lo hacen desde la maravillosa música de la ciudad, que marcará toda la serie (en Baltimore utilizaron la droga). Veremos cómo evoluciona.


15 jul 2011

Eterna película sin importancia



Disculpen el facilón y evidente juego de palabras en el título pero lo cierto es que la exitosa Pequeñas mentiras sin importancia (Guillaume Canet) también es facilona, evidente y, por encima de todo, eterna. 

La mayoría de escritores y cineastas no suelen resistir a la tentación de, en algún momento de sus carreras (suele ser al principio), intentar construir un fiel retrato de la crisis de su propia generación cuando la vida ya va en serio. De sus miedos, hipocresías y contradicciones. De su resistencia peterpanesca. En estos casos, el formato de grupo de amigos de la infancia/juventud que se reúnen cuando ya no son los que eran (ni lo que iban a ser) y viven una especie de catarsis personal y colectiva y tal... resulta muy socorrido. 

En este subgénero, recuerdo con muchísimo agrado la excepcional Reencuentro (Lawrence Kasdan) y me pareció en su momento también notable (aunque menos que la anterior) Los amigos de Peter (Kenneth Brannagh), pese a sus exageraciones y su final efectista. En el cine español, muy dado a las reflexiones generacionales presuntamente profundas aunque terriblemente huecas en el fondo, podemos encontrar ejemplos para aburrir. Salvaría quizás las propuestas de Cesc Gay en En la ciudad y, sobre, todo en la olvidada e infravalorada Ficción (soberbio Eduard Fernández en ambas, por cierto).

La película de Canet, que ha arrasado en Francia y también ha cosechado muy buenos resultados de taquilla en España, sigue al pie de la letra las reglas no escritas y los lugares comunes de este tipo de obras. En esta ocasión, un grupo de amigos en torno a los cuarenta afrontan unas vacaciones mientras un miembro de la cuadrilla se debate en un hospital entre la vida y la muerte tras un grave accidente de tráfico. 

Hasta aquí, todo bien. De hecho, el film arranca con mimbres esperanzadores. Los personajes están bien definidos, la historia fluye con cierto pulso y durante la primera hora, mientras vamos descubriendo los roles de cada uno y la película se instala en un tono de comedia agridulce, la obra es bastante efectiva. Además, el magistral trabajo de François Cluzet, que se come a sus compañeros de reparto en cada escena, eleva la altura del conjunto.

Sin embargo, a partir de este momento la película entra en barrena. Se alargan innecesariamente las tramas, surgen otra reiterativas y poco creíbles y el sopor se adueña de la escena. Las historias y sus resoluciones son obscenamente evidentes y se nos ofrecen, entre videoclip y videoclip, tan masticadas que, a su lado, Up sería un referente del cine de arte y ensayo. Además, desaparece el tono relajado que había sostenido a la película y se nos pretende adentrar en un territorio presuntamente intenso y trágico, aunque en el fondo sólo consiga ser aburrido y torpe.

Pero lo peor nos espera en el desenlace. Además de previsible y penoso, lo realmente irritante es su duración. La escena final, forzada y relamida, resulta ante todo eterna. No recuerdo haber mirado tantas veces el reloj en un cine como en este espectáculo burdo que culmina casi tres horas de supuesta terapia generacional. Y todo ello finaliza en un momento final absolutamente ridículo. De vergüenza ajena.

Guillaume Canet ha obtenido un éxito descomunal con esta interminable película. Y me alegro, pero no lo puedo comprender. Supongo que Cesc Gay tampoco. En el mejor de los casos, la obra pide a gritos unas tijeras y toneladas de sutileza. Quizás uno se ha vuelto muy fino. 


P.D. Dicho todo lo anterior, he de confesar aturdido que muchas personas de mi entorno se han emocionado sinceramente con esta película. Ello nos debe llevar a todos a reflexionar seriamente sobre nuestra existencia.

7 jun 2011

Two lovers: Del amor y otras derrotas


James Gray ya había demostrado su enorme talento en reflejar ambientes negros, fríos y desesperanzados en la notable La noche es nuestra. En Two lovers (basada lejanamente en Las noches blancas de Dostoievski), abandona la temática negra gangsteril y nos sumerge en la derrotada existencia de un hombre de treintaytantos, depresivo y con tendencias suicidas, que vive o más bien pasa el tiempo con sus preocupados y protectores padres en una zona residencial de Nueva York, y a quien inesperadamente se le presentan a la vez dos posibilidades de amar: una encantadora y conservadora y otra soñadora y creativa.

Las dos opciones funcionan como metáforas de la encrucijada de caminos vitales que venía rehuyendo el personaje principal. Una se desarrolla en terreno conocido, en la casa familiar que le oprime, en el cuarto que le recuerda sus ilusiones frustradas. La otra la descubrirá por la ventana, fuera, en ese mundo que imagina más allá, cuya emoción y vacío también tocará con los dedos. Una le muestra el camino de una familia, del negocio de sus padres; la otra, la posibilidad de la aventura, de un futuro distinto que ya hace tiempo había olvidado. Dos alternativas, dos mujeres tan derrotadas o más que el. Todos perdidos en un bloque de edificios de Brooklyn.

Quitémonos ya la careta. La película es tan buena, tan buena, que temo no ser justo con ella este comentario si sigo por la senda habitual. Así que no hablaré del clasicismo que impregna todo el metraje, de sus magistrales interpretaciones, de su gran banda sonora, de su incomprensible escasa repercusión. Sólo diré que transmite tanta veracidad, tanta vida (y tanta desesperanza), que uno llega a sentirse incómodo siendo testigo de momentos tan íntimos y tan reales entre los protagonistas, que uno, por aterradora identificación, acaba por desearle de corazón toda la suerte del mundo a estos perdedores.

Los sueños apagados, la inútil toma de decisiones, el dolor de vivir sin ganas, el temible azar, la noche de Nueva York que ya no será nuestra. Acercamiento complejo, oscuro y real al amor, obra con alma imperecedera, Two lovers nos pone ante el incómodo espejo de la amargura, la del protagonista y su decisión, tan azarosa como vivir o morir ahogado.


6 jun 2011

Cohen, el versionado

Leonard Cohen, reciente Premio Príncipe de Asturias de las Letras para lo bueno y para lo malo, es quizás uno de los músicos más versionados de la historia de la música. De hecho, hay quien considera que muchas de las adaptaciones superan a los temas originales del autor de Montreal. Ello se debe a que muchas composiciones de Cohen, sobre todo en su primera etapa, adolecen de cierto descuido musical. Son canciones desnudas, poemas acompañados por una fría guitarra. Es opinable.

Lo que es cierto es que las versiones proliferan por todos los rincones del planeta. Hay quizás un disco/documental de referencia: Leonard Cohen. I´m your man, en el que, junto a una entrevista con el propio Cohen, varios referentes de la música actual cantan los principales himnos del canadiense. También hay un trabajo similar en español, Acordes con Leonard Cohen, de resultado más bien discutible aunque cuente con algunos temas dignos.

Aquí va una humilde y heterodoxa lista de versiones recomendables:

- Tonight will be fine (Teddy Thompson)

Uno de los casos más evidentes de que la versión supera a la original. Teddy Thompson reinterpreta el tema de Cohen y lo convierte en un himno. 




Hallelujah (Jeff Buckley)

Quizás una de las canciones más versionadas de la historia de la música. Aquí hay donde elegir. Desde la correcta versión de Rufus Wainwright hasta la de Enrique Morente y Lagartija Nick pasando por infinidad de músicos de toda condición y de triunfitos. Nos quedaremos con la también muy conocida de Jeff Buckley, por la influencia que tuvo en el mundo indie en los noventa.




- Suzanne (Nick Cave)

Aquí Nick Cave no toca nada. Acompaña en actitud reverencial la inmortal canción. (el vídeo es el que hay)



- The traitor (Martha Wainwright)

Una de las mejores versiones. 



- You know who I am (Santiago Auserón)

No parece nada del otro mundo, pero la chulería (y el inglés) de Santiago Auserón le da cierto encanto.



- The stranger song (Nacho Vegas)

Una de las mejores traducciones de Cohen al español, si obviamos, claro, el debate sobre el significado de "stranger". En todo caso, el término "extranjero" queda bien en la canción.



- Chelsea Hotel (Jabier Muguruza)

Una de las más osadas. El cantautor vasco se atrevió a traducir este himno con resultado desigual. Hay a quien le resulta fuera de lugar e incluso ridículo. A mí me parece bastante entrañable.



- Take this waltz (Enrique Morente)

Y acabamos con un lujo: versión en directo de Take this waltz de Morente. Gracias eternas a quien lo haya colgado en Youtube.

4 jun 2011

La vergüenza: buen cine español


La vergüenza (David Planell) es una de las agradables sorpresas que nos han deparado últimamente algunos jóvenes (y no tan jóvenes) directores españoles y que rompen una lanza a favor del llamado cine español en una época en que denostar el esfuerzo de muchos trabajadores de la industria de este país (y no siempre por motivos puramente artísticos) se ha convertido en poco menos que un deporte nacional. Ahí están otras recientes obras notables, como Tres días con la familia (Mar Coll) o Bon Apetit (David Pinillos).

La película, a través del tema del acogimiento familiar, ofrece un incómodo y complejo acercamiento a la paternidad, el paso de la juventud a la madurez, las relaciones de pareja y las mentiras que hemos construido para salir a flote y evitar encarar los problemas.

Para ello, utiliza la historia de una pareja de treintaytantos que tiene  problemas y dudas sobre el cuidado de un menor peruano acogido. Esta situación hará tambalear sus propias convicciones progresistas y biempensantes y les obligará a enfrentarse consigo mismos.

La película tiene, paradójicamente, un gran problema: su extraordinario primer acto. El guión funciona con una perfección sorprendente durante los primeros cuarenta minutos en los que la historia y los personajes fluyen en estado de gracia, y uno se llega a preguntar si está viendo una versión contemporánea y madrileña de Escenas de un matrimonio o de una película de Mike Leigh (en estas comparaciones quizás exagero un poco) y por qué esta obra no ha tenido un aplauso y una repercusión mayor.

Sin embargo, a partir de ahí, la obra no logra mantener el nivel (no es una crítica, en mi opinión era casi imposible) y se dispersa bastante. Así, se introduce en ese momento una trama nueva que, para mi gusto, resulta innecesaria, y la historia principal comienza a avanzar a trompicones abrazando lugares comunes en las relaciones de pareja.

Por último, la resolución resulta un tanto artificial y se percibe cierto atisbo moralizador. Además, se cierran metáforas forzadas bastante obvias (el agua) y se desperdician otras más naturales (¿por qué al final no hacen el trabajo de clase ni se retoma este asunto?).

Para ser justos, no es que la película desfallezca en la segunda parte. Ni mucho menos. Mantiene el tipo muy dignamente durante todo el metraje. Lo único que sucede es que el portentoso inicio empequeñece el resto del relato y deja una sensación agridulce. Se pasa de un maravilloso y perfecto tren de alta velocidad a un cómodo y digno media distancia y eso condiciona la percepción del viaje.  En todo caso, 40 minutos de talento dramático de ese nivel no se ven todos los días y justifican plenamente un aplauso decidido a la película.

En resumen, recomiendo sin dudarlo La vergüenza. Esperemos que David Planell firme otra película pronto.

Ah, se me olvidaba: monumental trabajo de Alberto San Juan.

2 jun 2011

Innecesario premio al genial Cohen

Soy un admirador de Leonard Cohen desde siempre, incluso cuando en los años noventa la gente te miraba raro al confesarlo. Y no tan lejos. Recuerdo que en 2009, cuando hice un viaje a otro país para ver el concierto de su primera gira en muchos años (en España tenía la exclusiva el FIB, sin comentarios), mis allegados se sorprendían de que me gustara y hasta de que siguiera vivo.

Para mí, es quizás el músico que más me ha llenado y seguramente sea uno de los pocos de mi generación que ha leído Beautiful losers (monumental título, novela más bien discreta), pese a que hasta ayer era realmente difícil encontrarlo en las librerías españolas.

Es por ello que el premio Príncipe de Asturias de las Letras me parece en primer lugar oportunista. Hubiera reconocido el valor del premio hace unos años, cuando el músico canadiense había escrito lo mismo (ha aportado desde entonces un par de canciones nuevas) y no se había puesto de moda entre los "modernos" ni realizaba constantes giras por nuestro país (y que siga de moda y que haga más giras, que no se me malinterprete).

En segundo lugar, lo de las "letras". Esto es discutible. Es cierto que Woody Allen o Bob Dylan recibieron el galardón en la categoría de Artes, pero entiendo que aquí la aclaración entre estas categorías la debe hacer la Fundación. En todo caso, teniendo un premio de artes, no se comprende cómo se ha perdido la oportunidad de concedérselo a Cohen y reservar el específico de letras a un escritor, y evitar así preguntas del tipo ¿merece más el premio de las letras el autor de Famous blue raincoat que Philip Roth o Enrique Vila-Matas (por poner dos ejemplos cualquiera)? Bueno, todo esto es opinable. De hecho, Garci lleva varios años solicitando el Nobel de Literatura para Woody Allen.

Y, por último, parece que se va consolidando la idea de que el requisito fundamental para conceder un premio Príncipe de Asturias es que el galardonado acceda a acudir a Oviedo a recogerlo. Bueno, pues que lo digan claro y así evitamos debates estériles. De hecho, lo más positivo de todo esto es que parece que Leonard Cohen volverá a España este año.

En definitiva, me alegro de cualquier reconocimiento que se haga a este culpable sin atenuantes de mi educación sentimental, pero creo sinceramente que este tipo de premios son a estas alturas innecesarios. La única noticia que espero de verdad con ansia de él es la confirmación de que definitivamente va a publicar nuevas canciones.

28 may 2011

Los enamoramientos: deslumbrante Javier Marías



Los enamoramientos (Alfaguara) supone quizás la consagración definitiva de quizás el escritor más consagrado de la narrativa actual española. Tras embarcarse en un notable y ambicioso proyecto en tres volúmenes que le ocupó varios años (Tu rostro mañana), Javier Marías nos regala una novela menos grandilocuente en la extensión y los objetivos, pero literariamente impecable y extraordinariamente profunda. Una obra mayor del autor y, si nos dejamos llevar por la enorme satisfacción tras la lectura, podríamos atrevernos a calificarla como la mejor de su carrera.

En esta ocasión, el escritor madrileño reflexiona sobre el amor o, mejor dicho, sobre el sentimiento o proceso del enamoramiento y sus consecuencias, pero también sobre la muerte, la ausencia de los seres queridos, el crimen, la impunidad, la envidia o la delación. Porque, contrariamente a lo que pueda pensar el lector al adentrarse en la historia, la novela no orbita exclusivamente sobre el amor. Ni siquiera es una historia de amor o, mejor dicho, no es una historia de amor convencional, ya que los otros temas envuelven toda la obra hasta convertirla en una enmienda a muchas convicciones profundas claves de nuestra existencia.

Sin embargo, aunque el tema central no pueda ser reducido exclusivamente al amor o al enamoramiento, en la obra se encuentran reflexiones inolvidables de los personajes sobre estos sentimientos. No me resisto a incluir una de ellas, verdaderamente deslumbrante:

Sí, todos somos remedos de gente que casi nunca hemos conocido, gente que no se acercó o pasó de largo en la vida de quienes ahora queremos, o que sí se detuvo pero se cansó al cabo del tiempo y desapareció sin dejar rastro o solo la polvareda de los pies que van huyendo, o que se les murió a esos que amamos causándoles mortal herida que casi siempre acaba cerrándose. No podemos pretender ser los primeros, o los preferidos, solo somos lo que está disponible, los restos, las sobras, los supervivientes, lo que va quedando, los saldos, y es con eso poco noble con lo que se erigen los más grandes amores y se fundan las mejores familias, de eso provenimos todos, producto de la casualidad y el conformismo, de los descartes y las timideces y los fracasos ajenos, y aún así daríamos cualquier cosa a veces por seguir junto a quien rescatamos un día de un desván o una almoneda, o nos tocó en suerte a los naipes o nos recogió de los desperdicios; inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano...

Si yo fuera escritor o aspirante a serlo y leyera estas líneas, me plantearía seriamente dejarlo.

Pero volvamos al amor o enamoramiento. La novela no ofrece una visión idealizada o convencional de este proceso o sentimiento o estado, como se demuestra en el anterior párrafo, sino que entra de lleno en un territorio incómodo para el lector hasta hacer tambalear convicciones piadosas que todos hemos construido en mayor o menor medida sobre esta cuestión que, por otro lado, es algunas veces maravillosa y nos salva del abismo. El destino, las decisiones, las renuncias y, en definitiva, aquello que llamamos vida sentimental, son producto casi siempre del siempre temible y omnipresente azar. Como nuestra existencia, como posiblemente todo.  

En cuanto a la muerte y su duelo, aceptación y superación (quizá el tema central de la obra), el académico vuelve a poner el dedo en la llaga y a sacudir nuestras complacientes conciencias al plantear la cuestión de nuestra relación con los que se han ido, los que ya no están y un día estuvieron de tal manera que no podíamos concebir la existencia sin ellos. Uno cree que nunca superará la desaparición de un ser querido. Pero sí se supera. Y Marías reflexiona sobre qué sucedería si alguien que formó parte de nuestras vidas apareciera de repente años después, cuando ya se le ha borrado y no se le espera. Cuando hemos podido vivir sin él o ella sin ningún problema y ya no nos acordamos de aquella necesidad ("no podría vivir sin ti", "qué sería de mí sin ti") en cuyo origen, pese a que nunca lo aceptamos, no había nada más que azar.

El crimen vuelve a estar presente en esta novela del escritor madrileño. Su naturaleza, su autor, su justificación. Como ya sucedía en Tu rostro mañana, esta obra nos presenta la heladora constancia de que el asesinato no es propiedad exclusiva de mafiosos, delincuentes o perturbados. De que cualquiera puede o podría incurrir en estos terribles actos con una adecuada justificación o explicación que lo redima de alguna manera ante su conciencia. Y de que nunca podemos conocer de qué sería capaz la gente que nos rodea, y de qué seríamos capaces nosotros mismos. De la imposibilidad de conciliar la realidad y las apariencias. 

La impunidad y la delación. Otro asunto incómodo que nos regala Los enamoramientos. ¿Somos conscientes de la cantidad de crímenes que quedan impunes? ¿Nos importa? Y, lo que resulta más perturbador, ¿hasta qué punto podríamos justificar y ocultar un acto delictivo en base a nuestros sentimientos, o hasta qué punto es cosa nuestra desvelar un crimen que no nos afecta directamente y que ya no tiene solución? Preguntas que se le plantearán al lector en esta deslumbrante novela y para las que no hay fácil respuesta.

Una novedad de esta obra en la carrera del autor, aunque más bien anecdótica, es la figura sel narrador. Por primera vez, Marías abandona la voz masculina que los lectores inevitablemente le atribuyen a él mismo aunque éste tenga que dar constantes e inútiles clases de primero de literatura sobre la diferencia entre autor y narrador. En Los enamoramientos, la voz es de mujer. De una mujer treintañera desubicada entre la juventud y la madurez, entre el complejo de Peter Pan y la necesidad de asumir que el tiempo pasa y algo habrá que hacer. En este sentido, la protagonista me parece una fiel exponente de una generación bastante perdida (¿como todas?), muy formada y que ha crecido en la abundancia y que se ha despojado definitivamente de las costumbres y valores sociales y religiosos que marcaron la existencia de generaciones anteriores. Que no tienen un relato de la vida que protagonizar o contra el que rebelarse. Y que, por ello, se encuentran profundamente desorientados.

Por cierto, que no esperen los lectores cambios sustanciales respecto a los narradores masculinos del resto de novelas del escritor. De hecho, se podría deducir que Marías defiende indirectamente con esta obra que hombres y mujeres compartimos mucho más de lo que a veces creemos. 

No he hablado todavía del estilo ya que, en general, no hay novedades sustanciales que sorprendan al lector habitual del académico. Aquí está el conocido "narrador Marías", sus características y sugerentes digresiones, el hipnótico juego temporal entre la acción y sus reflexiones, sus certeras citas literarias que impregnan y se integran adecuadamente en todo el relato. Y una estructura construida al milímetro que dosifica magistralmente el ritmo.

Por poner un pero (entiéndase "pero" como algo que no me ha maravillado del todo), diría que la aparición de Francisco Rico no me ha satisfecho del todo. Me parece que el guiño metaliterario del autor al profesor y su presencia en el relato no acaba de encajar del todo en la narración. Quizás aporta estabilidad y respetabilidad a uno de los personajes de la novela, pero mi impresión es que su inclusión en el relato era innecesaria.

No quiero extenderme más. Evidentemente, esta novela me ha desarmado y quizás, rendido a ella tras la lectura, no soy del todo objetivo al juzgarla y puede que incluso exagere en las alabanzas. Seguramente sea así. Pero no es menos cierto que los tres días que he pasado encerrado en Los enamoramientos han sido, además de un gozo literario impagable, los más sugerentes intelectual y moralmente que he vivido los últimos tiempos, y no quisiera que, por reprimirme, algún lector desorientado se los pierda.

Hace unos años, tras culminar Tu rostro mañana, Javier Marías amagó en varias ocasiones con dejarlo o tomarse un descanso prolongado. Menos mal que no lo hizo.