De Sergio Scariolo envidiamos sobre todo
su elegancia. Este italiano de libro, con encanto para expulsarte de una sala
con sólo abrir la puerta, ha ocupado el puesto de seleccionador español de
baloncesto durante los últimos tres años. Pero eso es lo de menos porque
estamos convencidos de que el resultado hubiera sido el mismo estando en el
banquillo Phil Jackson o mi abuela.
Sospechamos que la generación del
80 ha practicado siempre la autogestión. Que se reúnen cada verano para pasar unas vacaciones entre amigos y, ya que están allí, dar en los ratos libres unas
lecciones de baloncesto. Y entendemos que el papel del técnico se reduce a no
molestar demasiado. Por eso, su pizarra en los tiempos muertos la sentimos siempre como una amenaza.
Hoy Scariolo ha anunciado que no
va a continuar. No se le echará mucho de menos porque vamos a tener bastante trabajo el resto de nuestra vida haciéndolo con sus jugadores. Se va con dos
oros europeos y una plata olímpica, ante el cercano ocaso de estos chicos que
asombraron al mundo en el Mundial juvenil del 99. Pero también consciente de que
probablemente su lugar en la historia de este equipo se reducirá como mucho a una
nota a pie de página.
Asumir el reto de entrenar a este
conjunto ha tenido cierto encanto suicida. Cuando tu único objetivo se centra en no
cagarla, aumentan exponencialmente las posibilidades de naufragar. Seamos serios, dirigir a esta selección española
de baloncesto es tan aterrador como jugar al trivial con los participantes de Gandía Shore. Sólo se puede fracasar. Y hay
que reconocer que esa amenaza perpetua de abismo la llevó siempre Scariolo con insultante
elegancia.
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