13 jul 2012

Perros, fantasmas y tiranosaurios


Hay diferentes maneras de acercarse al realismo social más dramático y sucio. Se puede tratar desde el paternalismo, el sensacionalismo, la conciencia y dignidad obrera, el sentimentalismo barato o desde la exageración innecesaria de la tragedia. Salvo éste último, el actor Paddy Considine consigue en Tyrannosaur, su ópera prima como director, evitar con sorprendente madurez la mayoría de estos lugares comunes y entregar una de las obras más estremecedoras, completas y honestas de los últimos tiempos.


Tyrannosaur aborda la historia de dos desheredados, dos auténticos indigentes sentimentales encerrados en sus infiernos vitales, en su propia condena. Dos perros heridos. Él, alcohólico y violento, sentenciado por su pasado y sus demonios interiores, sin ningún asidero más que su mejor amigo enfermo de cáncer y un niño al que saluda todos los días. Ella, frustrada, reprimida y humillada, atrapada por un marido miserable y una vida agotada. 

En este contexto desolador, resulta realmente sorprendente el dominio narrativo y la construcción de personajes del director y guionista, quien logra que, en la primera escena, en la que el protagonista mata a su perro a patadas, no sólo conozcamos perfectamente al personaje, sino encuadrar magistralmente toda la obra. Y que, en medio de este solar sentimental, surja una de las historias de amor más penosas y muertas, y a la vez más bellas, que un servidor ha contemplado en pantalla. Mención especial merece el improbable encuentro de la pareja, cuando él se refugia entre la ropa de la tienda de ella, como un perro asustado.

Bien es cierto que todo es más fácil cuando cuentas con dos actores como Peter Mullan y Olivia Colman, que regalan un trabajo soberbio, que nos escupen a la cara la podredumbre interior de sus personajes. Hay más verdad y más derrota en la miradas de los protagonistas que en 48 horas que González Iñárritu hubiera alargado el metraje de su Biutiful.

Película terrible, inolvidable, que se adentra en los peores rincones del alma con una sabiduría y contención brillantes. Hay quien apuntaría como innecesarios ciertos excesos dramáticos del guión y algún recurso prescindible, como el de la religiosidad de la protagonista, o la escena final, que debiera haber sido la penúltima. Pero seríamos injustos. Con la mirada de Mullan, en la que conviven perros, fantasmas y tiranosaurios, y la réplica de Colman, perdida y abandonada, es más que suficiente.

5 jul 2012

Lecciones de ética y responsabilidad, por Marcelo Bielsa


A los españoles nos encanta llenarnos la boca con la extraordinaria ética, responsabilidad y valores que demuestra Marcelo Bielsa, pero solemos referimos a ellos como conceptos etéreos, con escasa demostración práctica. Es en ese terreno donde también se desenvuelven con maestría los periodistas cursis, dando lecciones pomposas e inútiles y amparándose en la autoridad moral del argentino.

Sin embargo, ahora que Bielsa ha aplicado la ética y la responsabilidad a algo tan asquerosamente prosaico y tan en las antípodas del carácter español como acabar una obra en tiempo y forma, nos ha descolocado completamente.

Según cuentan, resulta que al técnico argentino del Athletic le habían prometido que las actuaciones de remodelación de Lezama estarían listas para el inicio de la pretemporada. Me imagino que los responsables del club, sin dar ninguna importancia al requerimiento del técnico, adoptarían pese a ser de Bilbao Bilbao esa actitud tan española de “sí, sí, tranquilo, la obra irá bien”. Y supongo que la empresa también acabaría abrazando sin otorgarle excesiva trascendencia esa costumbre tan, tan española de retrasarse en las obras.

Bielsa pasea por las obras inacabadas

Lo que no imaginaban ni el club ni la empresa es que Bielsa se toma los compromisos en serio (ya ven, qué ridiculez) y le gusta que la gente cumpla su palabra y sus contratos y realicen sus trabajos según lo convenido. Y deberían haberlo hecho, porque con un tipo al que Pep Guardiola pide una entrevista y acaba encerrado sin piedad varios días hablando de fútbol ininterrumpidamente, hay que tener cierta cautela. Así que Bielsa, ante la situación de los trabajos, se pasó por Lezama y decidió pedir explicaciones: "Ante la falta de otra autoridad de la empresa que hacía la obra, decidí hablar directamente con el jefe de obra; lo llamé a mi vestuario para decirle que las obras no estaban bien hechas, que no iban a estar en la fecha prevista y que, sobre todo, eran un engaño y una estafa”, ha explicado hoy en rueda de prensa. Posteriormente, discutió con él y, según sus propias palabras, se comportó "como un salvaje" y lo echó de las instalaciones.

Al parecer, y según han explicado los medios, los obreros, en una actitud supuestamente digna, se negaron a ir a trabajar los siguientes días en respuesta a la actitud del argentino. Pero Bielsa hizo algo aún más digno. Fue a la comisaría a denunciarse a sí mismo por haber maltratado al jefe de obra. Imagino que el policía que tramitó la denuncia todavía debe de estar en estado de shock, no sólo porque una persona se presente voluntariamente a decir que ha hecho algo mal, sino por el monólogo que le debió soltar el argentino. También supongo que todos los periodistas de Bilbao le estarán buscando por tierra, mar y aire porque, como decía hoy Oier Fano en Twitter, esa entrevista habría que guardarla como oro en paño.

En definitiva, Bielsa nos ha dado en unos días dos lecciones de ética y responsabilidad inolvidables. Pero no de las que disfrutan y jalean los españoles y los periodistas cursis, sino de las terrenales y desagradables. En una histórica rueda de prensa, ha hecho tambalear dos costumbres hispánicas tan arraigadas e intocables como las de no acabar una obra a tiempo y no autoinculparse de nada. Ello nos obligará inevitablemente a refugiarnos en el otro periodismo deportivo de referencia, el del jijí jajá, y llamarlo “Loco”.


P.D. Ya que he hablado de periodistas, Bielsa ha manifestado hoy: "Tengo muy mal concepto del periodismo y de los periodistas como colectivo, aunque peor concepto tengo de los entrenadores"

Un verano con Mónica: De espejismos vitales


Hay una escena al comienzo de Un verano con Mónica (Ingmar Bergman, 1953) que condensa el argumento de la película y también algo más. Los dos jóvenes inauguran en la mesa de un tugurio su repentino amor con planes para ir al cine y al fin del mundo. Salen apresuradamente del bar, con esa prisa tontuela que sólo conocen los enamorados y, en ese momento, la cámara gira hacia una mesa cercana en la que tres ancianos apuran sus vasos en silencio. Uno de ellos, riendo nerviosamente, se atreve a decir: “Con la primavera florecen nuevos amores”. Y otro, con la mirada perdida, le contesta: “Sí, maldita sea”, dando voz en ese lamento inútil, escéptico y desolado a todos los hombres que no pueden amar y a las historias de amor enterradas.

Esta película, adaptación de una novela previa, supone el preludio de las primeras grandes obras del director sueco. Desde el punto de vista de su trayectoria cinematográfica, estamos ya cerca del gran Bergman, del riguroso y brutal cirujano del alma humana, que sólo cuatro años después firmaría dos de las mejores obras del siglo XX, Fresas salvajes y El séptimo sello.


El autor de Uppsala cuenta la historia de dos jóvenes trabajadores de Estocolmo, interpretados por Lars Ekborg y Harriet Andersson, que se enamoran perdidamente al final de la primavera y deciden abandonar sus trabajos precarios y sus débiles apoyos familiares para disfrutarse mutuamente en el campo. Así, emprenden una huida en un pequeño barco del padre de él para, de embarcadero en embarcadero, de prado en prado, abandonarse al mejor verano de su juventud. Pronto, como suele suceder, llegarán las dudas, y también el hambre y un inoportuno embarazo que les devolverá a la ciudad donde nunca volverán a ser los de antes.

Bien por las necesarias concesiones a la novela o por altibajos en el propio guión, la obra dista de ser redonda, enredándose en una especie de triángulo amoroso extraño que no viene a cuento (con pelea de machos incluida), deteniéndose demasiado en las innecesarias penurias alimentarias que sufren los protagonistas y, por momentos, bordeando un sorprendente tono social y hasta obrero, de inspiración rosseauniana.

Sin embargo, Bergman pasa de puntillas por estas tramas y resulta obvio que su interés se centra en los indescifrables y caprichosos deseos de los dos jóvenes, en el dolor y la belleza del espejismo estival, resumido en una secuencia inolvidable en la que el chico, tras desnudar a su pareja, ve como ésta comienza a correr desnuda entre las rocas de una playa deshabitada, y en su mirada sabemos que él sabe, feliz y aterrado, que está asistiendo al mejor momento de su vida. También buscará la cámara su rostro (recurso que acabaría siendo un clásico en la carrera del director y que aquí aparece sólo en un par de momentos clave), cuando, ya lejos de aquel verano, ve por primera vez a su hija, asustado y consciente de su derrota vital. Y el de ella, en una fiesta, ya sin su marido y sin su bebé, que nos transmite su inevitable insensibilidad, su decisión de convertirse en espíritu libre, herido e incorregible, el rechazo a su propia vida.

Veremos también al final de la película una de esas brutales secuencias teatrales de ruptura y tragedia, en las que los personajes rebuscan en su alma las mayores crueldades que escupir al que fue todo, tan características luego en la carrera del cineasta. Y llama además la atención el interés de Bergman por utilizar de forma recurrente la ciudad neblinosa en las transiciones, como elemento opresor de los protagonistas, como contraste al verano luminoso en que vivieron su amor.  

La película finaliza con el padre y la hija ante el espejo de una tienda, con el rumor de las olas de fondo de cuando ella corría desnuda por la playa en el mejor momento de la vida. De aquel maldito espejismo estival y vital que desean y lamentan los ancianos en el bar.

4 jul 2012

Moonrise kingdom o la sublimación del aburrimiento


Que la contención a veces es fundamental ya lo aprendimos cuando nuestros padres nos descubrieron la bella palabra esfínter. El siempre interesante Wes Anderson parecía haberlo asumido también en la extraordinaria Viaje a Darjeeling, una de las películas más bellas del siglo XXI, con la que el director completaba un camino creativo coherente, añadiendo una desoladora sutileza en un universo propio de personajes inadaptados.



Sin embargo, en la recientemente estrenada Moonrise Kingdom, Anderson se olvida los matices y propone un torrente agotador de su particular estilo visual y de clichés vacíos de contenido. La película aborda la poco original historia de dos preadolescentes supuestamente enamorados que se fugan en una isla mientras el surrealista entorno trata de dar con ellos.

Y es realmente complicado entrar en ella. En primer lugar, por la imposible identificación de cualquier tipo con los dos protagonistas, niños repelentes que hablan como adultos y cuyas apariciones suponen un lastre insoportable en el ritmo de la obra. Además, el conjunto de personajes inadaptados y ridículos, clásicos del cine de Anderson, están en esta ocasión tan poco perfilados que se convierten en caricaturas sin ningún interés. Más allá de la construcción de los protagonistas, el argumento es tan simple y aburrido que podría pasar por cuento infantil tedioso y sin pretensiones pero nunca por esas interpretaciones tan elevadas y rebuscadas que he encontrado en algunas críticas (lo de que “retrata magistralmente el amor preadolescente y tal” es de nota). Y todo ello envuelto en la particular atmósfera visual del director, esta vez sin freno, lo que confiere al conjunto cierto aire a despropósito.

Mencionaré algún aspecto positivo, por aquello de la elegancia. La secuencia inicial es un ejemplo de virtuosismo técnico y de su tradicional estilo colorista, surrealista, vintage. Nada sorprendente si tenemos en cuenta que, en los últimos veinte años, este director es quizás junto a Quentin Tarantino el cineasta norteamericano mainstream que mejor ha sabido consolidar un universo propio, nuevo. Y la película tiene también algún momento divertido, pero hay que saber buscarlos. Y estar despiertos.

En suma, obra decepcionante en la que Anderson no puede o no quiere contener su verborrea visual y caricaturesca, consiguiendo sólo subrayar lo peor de ella y sublimar el aburrimiento. Contención, Wes, que luego se acaba mojando la cama.

3 jul 2012

La Cultura de la Transición y otros cuentos


Resulta edificante encontrar propuestas que se alejan voluntariamente de los cauces tradicionales y pretenden abrir nuevos caminos a la hora de interpretar los cánones de la cultura española de las últimas décadas. Por su frescura y descaro, la obra CT o la Cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española (Debolsillo) representa un loable y sano intento de cuestionar los dogmas y estructuras predominantes de este sector en España.


Los autores participantes en el proyecto, coordinado por Guillem Martínez, entienden que la Cultura de la Transición (desde aquí, CT, como a ellos les gusta denominarla) ha sido un paradigma cultural hegemónico que ha actuado como tapón de otros movimientos o corrientes no aceptados. Es una cultura, según Amador Fernández Savater, consensual, despolitizadora y desproblematizadora, que se ha adueñado de las palabras, los temas y la memoria. Toda obra está absolutamente pautada y prevista, mientras que lo problemático no se considera cultura. “La cultura no se mete en política y el Estado no se mete en la cultura”, explica Martínez. La mayoría de autores consideran que esta estructura hegemónica se ha visto desestabilizada por el movimiento 15-M y por la aparición de las redes sociales y de una generación que trata de romper este escenario.

La hipótesis de trabajo, como vemos, sería tentadora. Sin embargo, el libro se limita a recopilar un conjunto de textos que, en su mayoría, se centran simplemente en repetir o comentar una tesis que consideran irrefutable. En este sentido, se echa de menos cierta profundización en las cuestiones que tratan o simplemente esbozan los autores. Da la sensación de que muchos de ellos son planteamientos de brocha gorda, con argumentos cogidos a la carrera aquí y allá para reafirmar su convicción. Además, se intuye un molesto adanismo en la mayoría los textos, que presentan una enmienda a la totalidad a 35 años de cultura en este país.

En segundo lugar, parece obvio que la obra peca de exceso de ambición y trata de abarcar demasiado. Se mezclan argumentos, o más bien esquemas, políticos, periodísticos, literarios, musicales, cinematográficos, televisivos, sin apenas orden, detalle o profundidad. Absténganse pues quienes busquen sesudos ensayos que traten de demostrar la existencia de una CT hegemónica, sus mecanismos de control y sus efectos en la sociedad.

Y llama por último la atención la absoluta confianza o incluso obsesión que manifiestan la gran mayoría de autores con el movimiento 15-M como elemento liberador, como alternativa que ha descolocado a la CT, incapaz de darle sentido desde sus tradicionales estructuras.

Pero más allá de estas reflexiones generales sobre la obra, merece la pena realizar algunos comentarios sobre las temáticas y algunos aspectos interesantes que contienen los trabajos.


Política
Algunos textos se centran exclusivamente en la política de la Transición y dejan en segundo plano los aspectos más genuinamente culturales. En general, utilizan argumentos clásicos muy críticos hacia el llamado "mito de la Transición". Nada especialmente nuevo. Sí resulta curioso el empeño por contraponerlo con el 15-M, las redes sociales, las descargas o el No a la guerra. En cuanto al 15-M, algunos de ellos avisan a este movimiento de que no caiga en la trampa de realizar propuestas políticas o de formar un partido, porque su indefinición es lo que realmente trastorna a la CT. Curioso argumento.

Literatura
En el ámbito literario, Carolina León y Pablo Muñoz abordan el poder que han mantenido durante treinta años los suplementos culturales de las grandes industrias mediáticas para crear un canon literario español de cohesión. “Entras en el canon si tus ficciones sirven al modelo y se desenvuelven sin verdaderos conflictos con el presente”, apunta León. La autora considera que, en general, la crítica ha evitado problemas con este canon y ha reforzado el modelo de la CT, y pone como ejemplo el recordado incidente del crítico Ignacio Echevarría (uno de los autores de este volumen) con el escritor Bernardo Atxaga a cuenta de la novela El hijo del acordeonista. Finalmente, León muestra confianza en el 15-M para revitalizar la crítica literaria sin que parezca preguntarse qué tendrá que ver una cosa con la otra.

La escritora Belén Gopegui ahonda en estos argumentos en una reflexión enmarañada y confusa sobre estar o no en la CT. Ella no se considera dentro.

En cuanto a escritores, los autores del volumen citan como claros exponentes de la CT a Muñoz Molina, Javier Marías, Félix de Azúa, Juan José Millás, Rosa Montero o Javier Cercas (ya que estamos, también podían haber llamado al régimen cultural hegemónico Cultura Prisa). Como excepciones al modelo, mencionan a Rafael Chirbes, Isaac Rosa, Alberto Olmos o a la citada y colaboradora en el volumen, Belén Gopegui. Llama la atención una diferenciación que realiza Guillem Martínez: Muñoz Molina y Javier Cercas son CT; Carlos Ruiz Zafón y Arturo Pérez-Reverte son cultura de masas. Demasiada brocha gorda, reitero.

Música
En este apartado, Víctor Lenore, aunque también cae en generalizaciones y en otros defectos comunes a la mayoría de los textos, aporta algunas de las ideas más sugerentes del conjunto de la obra. El autor mantiene que la CT, con su industria y medios, han silenciado durante treinta años a grupos con carga política y a la música popular de las clases medias y bajas. Así, recuerda que sólo Extremoduro y La Polla Records pudieron romper en alguna ocasión este tapón. En este sentido, mantiene que la mayoría de la música escuchada por los jóvenes de clases populares en los ochenta y noventa, bakalao y rock duro, fue silenciada por los medios de comunicación. Además, también pone de manifiesto cómo grupos y estilos de música que arrasaban en estos ámbitos de población, como pueden ser Camela o ahora el reggaeton, no tienen la bendición de la cultura oficial, que ha utilizado las radiofórmulas para estandarizar una música popular ajena a los problemas sociales.


Lenore también hace una interesante crítica a la llamada Movida y a la música moderna, a quien reprocha “su afán de distinción, de tribu y de no haber explorado los conflictos comunes a todos”. Y recoge una maravillosa cita realizada en los ochenta en Madrid por John Peel, locutor de la BBC: “Los grupos modernos no me parecen gran cosa pero Los Chichos o Los Chunguitos son la hostia”.

En este sentido, reprocha también al indie actual (“el género más patrocinado en la historia de la música popular”) su “narcisismo y elitismo” y apunta que “ha degenerado en un discurso de lo más reaccionario”. “Nada más ridículo que los aires de superioridad contracultural de los que mejor sintonizan con la clase dirigente”, sentencia. Por último, recuerda la evidente absurdidad que se impuso en los noventa entre estos grupos españoles de cantar en inglés.

Cine
El crítico Jordi Costa firma el texto más creativo de toda la obra. Utiliza la figura del inexistente crítico y director de cine, Juan Luis Izquierdo, para fantasear sobre lo que podía haber sido un cine español alternativo y valiente y deslizar algunas críticas demoledoras a los modelos dominantes. Costa explica que el costumbrismo populista de Pedro Almodóvar se convirtió en hegemónico en la Transición frente a otras propuestas más valientes, representadas por ejemplo por Iván Zulueta o Eloy de la Iglesia.

Son especialmente divertidas las referencias a la supuesta película perdida de Izquierdo, Instinto, como alternativa a la historia de España en la que Raza y Pulgasari se dan la mano, o a la oportunidad perdida que tuvo José Luis Garci en Las verdes praderas de quemar la casa de la sierra con toda la familia dentro, lamento que comparte un servidor. También merece atención su Diccionario inclemente del cine español. Citaré sólo la definición de Alejandro Amenábar: “El sueño húmedo de la CT. Un cineasta apolítico, inodoro e insípido […] La precisión técnica como perpetuo salvapantallas para camuflar la evidencia de un conjunto vacío”.

Internet
La obra incluye algunos textos previsibles que resaltan el papel de Internet para superar la CT, defienden las descargas o los métodos de compartir archivos y critican a la SGAE. Y es una pena, porque un servidor se ha comprado el libro y, al parecer, resulta que los autores no hubieran visto mal que lo hubiera “compartido”.


El libro aborda otras cuestiones diversas (no se toca la pintura o el llamado arte contemporáneo, por cierto), como el humor (donde se destaca el papel de El Jueves, los chicos manchegos de La Hora Chanante o el que se puede encontrar en Twitter, frente a los modelos dominantes de las últimas décadas, como Martes y Trece), la igualdad (vienen a criticar la hipocresía del feminismo progresista) o hasta el ciclismo (agradeceré siempre en el alma al escritor Gonzalo Torné haberme descubierto el blog ciclismo2005.blogspot.com, escrito por un tal Sergio). Reivindica así con orgullo la calificación de cajón de sastre.

En definitiva, como decía al principio, la obra resulta bastante deslavazada y su crítica y enmienda a la totalidad a lo que llaman Cultura de la Transición parece bastante superficial. Incluso hay quien podría apuntar con malicia que las denuncias sobre la existencia de un paradigma cultural perverso, que no aborda los conflictos reales y que no permite el acceso a los autores disidentes puede esconder también cierto pataleo de quien no ha conseguido el reconocimiento de crítica o público a su obra. O que la llamada Cultura de la Transición que aquí se denuncia no es más que la cultura de masas, con su mercado, sus intereses ocultos, sus referencias, sus injusticias y sus contradicciones. Así parece entenderlo uno de los autores del libro, Carlos Acevedo: “La CT es una variación hispana de la cultura de masas, la cual entiendo como un dibujo de la cultura definido por quien la produce, promueve y distribuye y no por quien la recibe, valora e incorpora a su vida cotidiana”.

En todo caso, y más allá de los reparos que pueda suscitar la obra, hay que reconocer y valorar que iniciativas como ésta suponen aire fresco en el debate cultural de este país. Y que nos iría mejor si tuviéramos todos los meses en las librerías más ejemplos de agitación intelectual.  

27 jun 2012

Sobre Veep


Armando Ianucci es algo así como el primo golfo de Aaron Sorkin. Si éste te hace volver a ilusionarte con los Reyes Magos, el escocés es el típico amigo del colegio que suelta en medio de la clase que son los padres. Así, frente al academicismo idealista y la fe en los valores del norteamericano, Ianucci siempre prefiere enfangarse en la sátira más destructiva (y divertida) de la política y su entorno.

Veep es el intento del autor escocés de reproducir en Estados Unidos el éxito de su magnífica The thick of it, ambientada el Ministerio de Asuntos Sociales británico (y que daría lugar a la película In the loop). En esta ocasión, Ianucci se centra en las andanzas de la vicepresidenta de los Estados Unidos (interpretada por Julia Louis-Dreyfus) y de su equipo de asesores. Y utiliza las mismas armas que en su producto británico. Su estilo cercano al documental, cámara en mano, alejado de todo clasicismo y afectación y, sobre todo, su brutal mala leche a la hora de dibujar las tripas cotidianas de la política, a la que llena de asesores patéticos, ambiciosos y torpes.

Habría que apuntar al menos dos cuestiones que lastran a Veep respecto a su antecesora británica. En primer lugar, la serie norteamericana no alcanza el nivel de gamberrismo de The thick of it. Parece como si, pese a ser una producción de la HBO, Ianucci haya decidido cortarse un poco o como si ocho capítulos se hayan hecho un poco largos en relación a las temnporadas de tres de la británica. Por otro lado, se echa de menos al excepcional personaje de Malcolm Tucker (inspirado en el jefe de prensa de Tony  Blair, Alastair Campbell), ese torbellino brillante y soez, guardián de las esencias de la comunicación del Gobierno. En Veep Ianucci le ha sustituido por una especie de becario nerd que envía la Casa Blanca para ver qué hace la Vicepresidencia.

En definitiva, siendo en general un producto aceptable, Veep se limita a transitar por caminos ya marcados por The thick of it, dejando al espectador una molesta sensación a déjà vu y, lo que es más peligroso, de cierta falta de autenticidad. Eso sí, a los fans de Ianucci o de la comunicación política no idealizada por Sorkin les gustará.

26 jun 2012

Aaron Sorkin y los Reyes Magos


Parece obvio que Aaron Sorkin no podría escribir un drama social ambientado en una barriada marginal. Lo suyo es abordar personajes extremadamente inteligentes y triunfadores en lo profesional, y a la vez sentimentalmente inseguros y perdidos, que encuentran en la ironía y en los diálogos metralleta un arsenal adecuado para esconder sus derrotas. En ese terreno es el mejor y le va bastante bien, por lo que no se antoja probable que escriba alguna vez textos sobre pequeños traficantes de droga en las esquinas.

Su nuevo proyecto, The Newsroom, cuyo episodio piloto se ha emitido esta semana, supone su vuelta a la televisión desde Studio 60. Sorkin sitúa esta vez su escenario teatral en la redacción de un informativo de televisión, donde vuelven a desfilar adictos al trabajo extraordinariamente brillantes con déficit emocional, irremediablemente progresistas, soñadores y románticos, que hablan a velocidad de la luz con un inusual y entrañable sentido del humor y sarcasmo. Todos ellos iluminados por un guión de precisión marca de la casa.


Pero desgraciadamente, y siendo honestos, The Newsroom tiene también algunos peros. En primer lugar, adolece de cierta falta de originalidad. Quien esté familiarizado con la obra del autor, detectará varias similitudes argumentales con otros trabajos, no sólo en el fondo, siempre moralizante y profundamente humanista, sino también en la forma. Así, el comienzo del piloto se parece demasiado peligrosamente al inicio de la serie Studio 60, las bromas absurdas que aligeran los diálogos son las mismas que en todos sus guiones (las confusiones con los nombres del personal son ya un clásico) o el fácil recurso a la tensión sexual no resuelta, que en esta serie se va a multiplicar al menos por dos respecto a otros libretos.

En segundo lugar, parece que el guionista se ha tomado demasiadas licencias en la descripción del trabajo de una redacción de informativos. Quien haya trabajado en un medio de comunicación detectará varias (por favor, ¿cómo se va a poner al teléfono en directo horas después de la explosión el pobre técnico que inspeccionó el pozo petrolífero?).

Y, por último, su idealismo. Ah, el idealismo, al que el relativismo y la crispación política han convertido en estos tiempos en un defecto imperdonable. Qué se le va a hacer. Pero, más allá de esto, es obvio que a Sorkin se le ha ido un poco la mano con la moralina en el piloto y, objetivamente, da algún argumento a quienes le acusan de traspasar frecuentemente la línea que separa el idealismo del maniqueísmo.

Qué quieren que les diga. El piloto de The Newsroom no es lo mejor que ha escrito Sorkin. No aporta nada a su carrera que no hayamos visto antes, no refleja fielmente el trabajo de una redacción de noticias y parece aún más doctrinaria que el resto de su obra. Pero también es cierto que, pese a estas molestas pegas objetivas, este hombre, ya escriba sobre los asesores del presidente de los Estados Unidos, un senador que financia a los muyahidines en la guerra contra la URSS, un show televisivo, el fundador de Facebook, un general manager de un equipo de béisbol o sobre un telediario, me hace volver a creer en los Reyes Magos. Y eso a estas alturas es impagable.

25 jun 2012

Medianeras y los impostores mochileros sentimentales


Un día habrá que reflexionar seriamente sobre el daño que ha producido el llamado cine “indie” norteamericano de los noventa para que todavía hoy directores con aparente talento sigan apostando por este tipo de comedietas románticas urbanas con pretensiones de retrato generacional y de insultantes referencias al Woody Allen más flojo.

La película argentina Medianeras, de Gustavo Taretto, continúa orgullosa este inolvidable género y nos narra la original historia de dos jóvenes solitarios, cultos y perdidos en la gran ciudad que sueñan con encontrar el amor. Sí, señor, así me gusta. Para hacer todo ello más o menos digerible, el director recurre a unas machaconas voces en off, una discutible metáfora arquitectónica, fragmentos de música agradable (salvo una canción de Daniel Johnston) y a una en general hábil dirección. También, todo hay que decirlo, al buen trabajo de la actriz española Pilar López de Ayala.


Medianeras cuenta así con todos los ingredientes de ese cine low cost de impostor mochilero sentimental, de existencialismo barato y de garrafón, de autocomplacencia en la mediocridad, de romanticismo de carpeta adolescente, de reivindicación nostálgica de la infancia ochentera occidental como si nunca la humanidad hubiera vivido otras infancias, de inspiración supuestamente progresista que esconde el cine más rabiosamente conservador de los últimos 20 años (esto me recuerda que le debo un texto a Jason Reitman y a Young adult).

Todo previsible. Y cobarde, como demuestra ese fugaz momento de la película en que, madre mía, crees que todo lo anterior ha tenido un sentido, que era un hábil pretexto embaucador y que Taretto va a lanzar magistralmente a la vez a los dos personajes por las ventanas que se han construido en las medianeras como colosal y valiente ruptura con dos décadas de almíbar urbano, de poesía de la experiencia de estudiante perdedor enamorado. Pero no. No sólo los dos protagonistas no se estampan al unísono contra el asfalto de la ciudad sobre la que tanto reflexionan superficialmente, sino que, yendo un poco más allá todavía de las simplonas convenciones del género, la obra concluye cerrando una trabajadísima metáfora sobre Dónde está Wally. Brutal.

Bien es cierto que igual estoy siendo un poco duro y que habrá gente a la que le guste Medianeras (la película, en su estilo, es efectiva), como también hay gente que disfruta con Love of Lesbian. Y hay que respetarlo, por supuesto. Además, poco podemos hacer ante ello.

Eso sí, se agradece en el alma a Taretto y a este tipo de directores que traten con infinita ternura a una generación triste y sola que ve películas en un ordenador. Lo digo con la remota esperanza de que dentro de mil años, cuando todo haya acabado, nuestros sucesores en el planeta encuentren en este tipo de documentos un atenuante a la hora de juzgarnos y de dictar sentencia sobre nuestro tiempo.  

21 jun 2012

"Entre nosotros": bordeando a Rohmer


Para representar el universo rohmeriano no basta con situar a unos jóvenes burgueses desocupados hablando sin cesar sobre ideales en base a los cuales realmente no viven y embarcándose en aventuras sentimentales que no hacen sino acentuar la banalidad de su existencia. Hace falta algo más. Y es que, con estos mimbres, el director francés conseguía además dibujar sin aparente esfuerzo una sorprendente ironía melancólica, fría y distante, sobre nuestro verano de juventud, el matrimonio o sobre aquella otra aventura.

Algo de eso se percibe en la película alemana Entre nosotros. La joven directora Maren Ade logra la proeza de transmitir algunos destellos del cine del autor francés y, lo que resulta más improbable, salir más o menos indemne de esta enorme tarea. La película aborda la crisis de una joven pareja alemana que pasa el verano en una casa familiar de Cerdeña a través de sus conversaciones supuestamente profundas, sus vaivenes sentimentales sin sentido y sus dudas en el agobiante tiempo libre estival.


Ade consigue mantener una mirada alejada y eficaz durante la mayor parte del metraje, asistiendo a las excursiones de la pareja, sus cenas con amigos, la supuesta debidilidad  e inseguridad de él, la fraudulenta fortaleza e independencia de ella, y a la tristeza y hastío de todo tiempo desocupado.

Sin embargo, la directora no puede (o no quiere) redondear la obra en este tono, mantener la meláncolica intrascendencia rohmeriana, y cae por momentos en cierta gravedad innecesaria, en un acercamiento inútil a los personajes y en tomarlos demasiado en serio, sucumbiendo a alguna tentación melodramática (desde este punto de vista, hay quien ha sugerido algún paralelismo con Secretos de un matrimonio, de Bergman, cosa que, además de dudosa, no beneficiaría en nada a la película alemana).

En todo caso, la película no llega a derrumbarse (y no era fácil) en sus casi dos horas de duración, sostenida también por el excelente trabajo de su actriz protagonista, y nos regala la posibilidad de asistir a un verano de dudas sentimentales de una pareja de treintañeros que respira verdad por los cuatro costados.


La película acaba con esta canción de Cat Stevens que no recordaba.


19 jun 2012

David Millar, el dopaje y la doctrina Giacobbe


El ciclismo y el dopaje. Dos términos lamentablemente inseparables en las dos últimas décadas por el celo francés hacia este deporte y el papel de la prensa y de la a veces hipócrita opinión pública. Pero también, sin duda, por el silencio de la mayoría de ciclistas sobre la cuestión.

Por ello, resulta especialmente interesante la biografía de David Millar (1977) Racing through the dark (publicado en España por Contra Ediciones), corredor escocés y eterna promesa de entresiglos, que fue apartado en su día por dopaje y que hoy aún se encuentra en activo.

Millar expone en su libro con abundantes detalles su encuentro con el dopaje, las jeringuillas y la EPO, lo cual es de agradecer. Sin embargo, y pese a la aparente sinceridad de muchos pasajes, la obra tiene un tufillo evidente a autojustificación y redención.

Así, el escocés adopta la conocida doctrina Giacobbe, lavidaesasínolaheinventadoyo, consistente en esencia en echar la culpa al paisaje, y presenta a un pelotón profesional de finales de los noventa inundado de EPO en el que un inocente y ambicioso chaval acabaría inevitablemente adoptando las oscuras prácticas de sus compañeros.

Además, resulta por lo menos curioso que el autor se preocupe de dejar bien claro que sus dos grandes victorias en el Tour de Francia fueron conseguidas “limpiamente” (si bien es cierto que reconoce que utilizó ayuda extra para conseguir su medalla de oro en el Mundial Contrarreloj).

Por último, Millar, según nos cuenta, concluye su periplo de expiación de culpas, se rehabilita y se convierte en un apóstol de la lucha contra el dopaje en el ciclismo.

Pero bueno, en toda biografía hay que aceptar cierto grado de autocomplacencia y asumir una narración más o menos cómoda y coherente de un  camino vital. Además, como decía anteriormente, hay que reconocerle valentía a la hora de hablar claramente de esta cuestión desde el pelotón.

Porque, más allá de su camino hacia la redención, Millar expone algunas cuestiones interesantes sobre el ciclismo de las últimas dos décadas. Así, dibuja un oscuro ambiente de jeringuillas en las habitaciones, bolsas de plasma, compra de hielo a altas horas de la madrugada, concentraciones furtivas, médicos milagrosos, brutales entrenamientos a tope antes de la competición para rebajar el hematocrito, y presiones más o menos evidentes de los equipos a sus corredores (por lo menos del suyo, el Cofidis) para que se “prepararan”.

En este sentido, resulta muy ilustrativa la conversación que tuvo con Tony Rominger, cuando éste ya estaba en la recta final de su carrera y Millar comenzaba en el ciclismo, en la que el campeón suizo le dice, siempre según el escocés, que se podía ganar una carrera de un día sin doparse pero que era imposible alzarse con una vuelta de tres semanas.

"La EPO puede convertir a un burro en un caballo de carreras”, confiesa otro compañero a un joven Millar. Años después, el escocés pasaría unos días en Italia en la casa de un compañero de equipo, a quien llama L`Equipier (en Internet se puede buscar sin problemas su posible identidad), probando esta sustancia.

Italia… y España. Millar contribuye a la leyenda sobre la supuesta permisividad con el dopaje de estos dos países. De hecho, tras su iniciación en Italia, el autor contrataría a un médico español, Jesús Losa, en aquel entonces médico del Euskaltel, para que supervisara su “preparación”, que tendría lugar en la sierra de Madrid.

El autor también se encarga de salvar de la quema a algunos ciclistas concretos, como el francés David Moncutie, que aún sigue ganando etapas de montañas, o a la federación británica de ciclismo, que por cierto acaba de incluirle en la preselección para los Juegos de Londres. 

En definitiva, parece que el libro de Millar, aunque parapetándose tras la doctrina Giacobbe, expone negro sobre blanco algunas realidades conocidas por toda la caravana ciclista que ningún otro corredor había revelado anteriormente. Sería bueno para este deporte que contáramos alguna vez con más versiones.

Giacobbe y su doctrina